miércoles, 12 de noviembre de 2008

RETRATOS DE UN INSTANTE (SIN SALIDA)




Caminando por las calles de la capital de Tenerife, encontré está cuanto menos curiosa placa municipal que da nombre a una calle ,que efectivamente, no tiene salida para vehículos. Parece ser que no se comieron mucho la cabeza para ponerle nombre que oficialmente recibe el título de " Sin salida"

lunes, 10 de noviembre de 2008

DESDE NORMANDÍA A AUSWITCHZ (BERLÍN- DIA 1)


Antes de buscar alojamiento en Berlín hice cola durante una hora en las oficinas de la estación para buscar un billete que me llevase a Polonia. La espera no fue muy agradable, delante de mi, un matrimonio mayor de ingléses llevaba media hora discutiendo con el chico del mostrador, cada cierto tiempo se giraban y me veían tumbado en el suelo sobre mi gran mochila cargada de bultos. Me miraban girando la cabeza de un lado a otro y diciéndome en inglés que no me dejara engañar. La estación estaba saturada de viajeros, la cola se impacientaba y la megafonía de la estación me estaba torturando el oído. Al parecer, por lo que me comentaron los ingleses, habían viajado en segunda clase cuando su billete era de primera clase así que no me dejé impresionar por una bronca tan...burguesa. Necesitaba un billete que me llevara a Varsovia o Cracovia y justo detrás de mi un señor me tocó el hombro cuando me oyó balbucear unas palabras en castellano refiriéndome a la pareja de ingleses. Me comentó que me había oído hablar y que si quería cambio en zlotys, moneda polaca. Le dije que no tenía suelto para cambiar. Quería deshacerse de las monedas polacas que tenía. Me comentó que había estado en el interior de Polonia en busca de un viejo familiar exiliado y que lo había pasado muy mal con el idioma. Nadie hablaba inglés me decía y que los polacos eran personas muy frías. Me preguntaba cúal era la manera más rápida de llegar a Viena o que si alguna ciudad de Alemania era recomendable para visitarla. Le quedaban unas semanas para agotar sus vacaciones y quería aprovecharlas. Le recomendé que fuera a Munich y que desde allí tomara rumbo a Praga y luego Viena. Estuve hablando un rato más con él hasta que el matrimonio inglés indignado, había tomado sus maletas y se había marchado. Conseguí mi pasaje para Cracovia y deseé suerte al chileno. Abandoné aquella estación que estaba empezando a absorverme.

Me alojé dos días y dos noches en un hostal de estudiantes de Berlín: el Heltter and Skelter muy cerca de la calle Friederich. El nombre, título de una canción de los Roolling Stones no era casual. Lo asimilé la primera noche que dormí en él. Mi habitación daba a un gran patio donde había una discoteca, así que soporté el ruído hasta altas horas de la mañana. De todos modos estaba tan cansado del viaje desde Francia que dormí como un lirón. Al día siguiente desayuné en el hall con italianos, americanos, españoles y alemanes. Había un grupo de chicas alemanas que había llegado del festival de Benicassin. Lo supe por las camisas que vestían aunque prácticamente estaban en pijama. Salí temprano a la calle me dirigí al centro.

Berlín aún conserva un halo nostálgico de la época comunista de la RDA. Puedes ir por una de sus vías principales y a un lado encontrarte las tiendas de moda más cool del momento y al otro lado, una calle totalmente desierta sucia y abandona de la antigua zona este de la ciudad. El contraste se repité en muchos lugares. Las baldosas que señalan la situación del antiguo muro delimitan el ratro del telón de acero. Es muy normal encontrarte con edificaciones soviéticas de ladrillos rojos o grandes bloques de edificios que aún perduran. En esas zonas, las calles son silenciosas, apenas habitadas y donde apenas pasean personas. Los charcos de agua son sus únicos habitantes. Por contra, el Berlín moderno se erige en la cúpula del Sony Center como talismán del capitalismo.
Mientras seguía el rastro del muro, choqué con rastros de la historia de la ciudad. Llegué hasta la plaza de Marx y Hengels muy cerca de la torre de telecomunicaciones que construyeron en su día los rusos como símbolo de su avance Tecnológico y que se puede apreciar desde cualquier parte de la ciudad.
Es curioso y paradójico pero cuando el sol de mediodía luce se forma un reflejo en la cúpula en forma de cruz católica. Berlín es cosmopolita, miles de jóvenes llenan sus calles. Es una ciudad muerta que renace que sigue reinventándose. Visité la plaza de la Ópera, la Bebelplatzdonde donde Hitler mandó a quemar todos los libros que atentaran contra el tercer Reich y el pensamiento nazi.




El Bunker donde se quitó la vida junto a su mujer Eva Braun hoy es un aparcamiento que pasa desapercibido. El ayuntamiento solamente ha colocado un discreto cartel que alude al lugar. No muy lejos de allí a unos cien metros se encuentra el monumento al Holocausto. Es una gran extensión de unos 19000 m2 de monolítos de color gris que sobresalen de un suelo totalmente desnivelado y que crean un gran laberinto que simbolizan la pérdida de la esencia del ser humano. Paradójicamente el monumento está construído sobre el antiguo bunker de Himmler , comandante en jefe de la SS. Anduve entre los monolitos durante un rato. Parecía que el tiempo se hubiese detenido.La sensación de agobio comenzaba a asfixiarme. Algunos jóvenes jugaban a encontrase entre el laberito de piedras. A veces en algún cruce alguien aparecía mirando hacia lo alto. No había saludos en ese momento, sólo respeto. El respeto que han sentido los habitantes de Berlín por este monumento.

Dicen que Berlín es la ciudad de los graffitis. En los cientos de lisos y grises monolitos, no se distinguía ni un rasguño, ni una pintada, nada que empañara el sobrió pero impactante recuerdo de lo que aquello representaba.


Cayó la noche. En Berlín se vive intensamente. Caminando por una de las avenidas principales decidí ir a tomar algo , una chica morena muy guapa se me acercó vestía unas botas blancas que le llegabana las rodillas. Y un corsé de color rojo. Me habló educadamente sobre un local, o por lo menos eso supuse. No la entendía porque me hablaba en alemán. A cincuenta metro una rubia despampanante me volvía a asaltar , parecía sacada de una revista de Playboy , supuse que estaba ante la relaciones públicas de alguno de los bares de la zona porque muchos chicos se paraban a hablar con ella yla zona era muy transitada con locales comerciales, bares, restaurantes y coches. Más adelante vi a otras cuatro chicas iguales todas con ojos claros, rubias y tremendamente guapas.


Vestían prendas similares y siempre estaban acompañadas por algún hombre que hablaba con ellas. Todas eran altas sin un mínimo de grasa de mas y con cuerpos perfectos. Fui tonto, pero al final me di cuenta de que se trataban de prostitutas según me dijo un cocinero de un Kebab dónde comí. No entendí muy bien como podían hacer la calle. El olor que desprendían era maravilloso, como si sus pieles estuviesen bañadas en agua de rosas y jazmín. Cuando pasabas junto a una de ellas no podías evitar sentirte tremendamente atraído. Demasiadas emociones para un día, así que decidí irme a la cama para descansar.
El día siguiente me esperaba otra larga caminata por la ciudad y el viaje nocturno para cruzar la frontera polaca.

FRAGMENTOS DEL FIN DEL MUNDO

EL CARACOL TRANQUILO

domingo, 9 de noviembre de 2008

3º (relatos tras el cambio climático)

LOS VERSOS DEL APOCALIPSIS
Aquella mañana no iba a ser como otra cualquiera para Leonardo . La noche anterior había matado las penas en el Chunking Express. El dueño era un personaje peculiar. Se llamaba Tomás, pero todos lo conocían cariñosamente como Tomi. El nombre del bar hacia honor a la película de uno de sus directores de cine favoritos: Won Kar Wai. Le encantaba el cine asiático. Se pasaba horas al día delante de la tele viendo películas chinas, thailandesas, iraníes o de Hong Kong. También coleccionaba todo tipo de objetos japoneses. Leonardo, solía descargar con él sus estados de ánimo entre chupitos de absenta y farolillos de colores. El lugar tenía encanto. Tomi servía la mejor cerveza con limón de toda la ciudad y las luces rojas predominaban en todo el local que se reflejaban en algunos carteles de propaganda de la era soviética. Al fondo se extendía una pequeña tarima donde los músicos del barrio improvisaban pequeñas Jam session los viernes por la noche. Las paredes estaban decoradas con posters de actrices japonesas. Leonardo no conocía a ninguna y siempre le preguntaba a Tomi que le dijera cómo se llamaban. Se pasa tardes explicándole los detalles de cada una de ellas, parecía un adolescente. Sus descripciones eran tan apasionadas que Leonardo apartaba a veces la mirada para fijarse en los ojos de Tomi, que brillaban al son de la roja luz que desprendía los farolillos. Decía que estaba enamorado de todas ellas y que algún día viajaría a Japón a conocerlas. Las fotos estaban enmarcadas bajo un cristal fino del que se transparentaba la candidez de aquellos rostros de ojos rasgados y labios gruesos. De alguna manera desprendían una sensualidad exótica que cautivaba a Leonardo y a la que no podía resistirse. Muchas veces había fantaseado con hacer el amor con alguna de aquellas chicas que parecía que le vigilaban desde la pared y podían escuchar todas sus conversaciones con Tomi. Se imaginaba como la yema de sus dedos deboraba el tacto de sus pieles sedosas mientras que las palabras de Tomi se convertían en la banda sonora de su oído.
El día que Leonardo cumplió los 30 años de edad, lo pasó prácticamente durmiendo en la cama y soñando con el antiguo Chunking Express de la época gloriosa antes del último cambio de grado.Hoy ya no existía y Tomi había muerto meses atrás víctima de una enfermedad respiratoria causada por el o2 reciclado. Era martes, y ese día no tenía que ir al trabajo. Le despertó un mensaje de felicitación en el movil. El sonido le llenó de ilusión esperando que Dunia se acordará de él y el instintó no le falló. El mensaje le dio fuerzas para levantarse de un golpe. Eran más de las dos así que bajó a la calle y se tomó un buen bocadillo de tortilla. No era usual encontrar una delicatessen como la tortilla en aquellos tiempos, las granjas transgénicas habían suplantado a los huevos de gallina de toda la vida pero el dueño del bar conservaba aún algunas para ocasiones especiales. Como de costumbre cogió su patineta y se dirigió a la zona del muro que separaba el ghetto del citycenter-dome. Leonardo se dedicaba a vender anticuallas del siglo XX. Casi siempre lograba convencer a algún cliente para que le comprase uno de sus aparatos eléctricos. Eran clientes fijos que coleccionaban todo tipo de objetos. Camaras fotográficas digitales, videoconsolas y hasta pequeñas latas de cocacola. Hoy en día todo eso estaba prohibido en su zona. Pero vendiendo esos trastos que había guardado durante su juventud, le bastaba para pagar las cuotas de aire. Aunque sus ingresos "atípicos" provenían del tráfico de tabaco en la zona del Dome. El muro estaba menos transitado de lo normal. Era día de  fiesta y muchos de los camaradas del ghetto estaban en sus cabinas-colmena. Pequeñas parcelas de apenas 30 m2 que el estado ofrecía a los ciudadanos de segunda que no tenían el suficiente dinero para pagar o2 de primera calidad. Llegó su turno ante el guardia de seguridad que pedía la documentación para pasar al otro lado. El escáner óptico no pitó y sin ningún problema se adentró en la avenida principal de la ciudad. Se desprendió de su máscara antigás y exhaló un profundo respiro. Sus pulmones se llenaron de aire. Lo retuvo durante 30 segundos hasta que volvió a expirar. Había quedado con Dunia para celebrar su cumpleaños y sabía que ella no le iba a defraudar.


Surgió de la nada con sus botas de cuero marrón su pelo corto y rubio. Le llevó a su colmena. Era grande y disponía de bastante aire. Dejaron los prolegómenos y se dedicaron al fino arte de follar. Tras una hora de romperse los cuerpos, el ruído de sus arcadas en el baño contiguo despertó a Leonardo. Estaba enferma y él lo sabía. Había logrado pasar al otro lado prestando sus favores sexuales a magnates de las empresas de aire puro que se encargaban de monopolizar el comercio del o2 reciclado y la energía nuclear con la que se sostenía el 90 % de la energía del país. Era demasiado tarde. Lo hicieron hasta el amanecer. Los rayos rojos del sol iluminaron al estancia. Ella se despertó y le pidió que le pagara los servicios prestados. Leonardo sacó su maleta y le entregó las dos cajetillas de tabaco que costaba la noche con ella. Cuando se marchó. Dunia se fumó dos cigarros en el baño. Las arcadas le volvieron con insistencia. Varios minutos después tendida boca abajo en el suelo del baño sus últimos alientos se apagaron como si fueran las velas del cumpleaños de Leonardo que ya enfilaba el muro para cruzar al otro lado mientras un anciano que arrastraba su vida en un oxidado y antiguo carro de supermercado, se le cruzaba gritando con locura. "Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años"

Leonardo saludó al vigilante de seguridad. -" Hay que ver lo locos que siguen algunos" le dijo. Miró al viejo con pena. Se colocó su máscara antigas y pasó el escaner óptico para volver a la fría realidad del Ghetto.


sábado, 8 de noviembre de 2008

DESDE NORMANDÍA A AUSWICHTZ (RUMBO A BERLÍN)

Después de visitar Normandía volví a Paris para pasar allí la noche. Necesitaba descansar por que mi tren para Alemania salía de noche. Me alojé cerca de Notre Dame en un albergue de estudiantes cercano al Boulevard de St Germain. Utilicé el día para disfrutar de la ciudad y visitar uno de los pocos lugares donde no había estado en mis anteriores estancias en la ciudad: la pequeña Estatua de la Libertad.

Bajando por el río Sena, junto uno de los puentes de la Isla de Los Cisnes se encuentra esta réplica un poco más pequeña que la de New York. La visita fue de lo más tranquila. Afortunadamente no es un lugar de reclamo para turistas que se conforman con verla desde los cruceros que se realizan por el río. Caminé a lo largo de la isla de los cisnes. Prácticamente, es un paseo horizontal cubierto de árboles donde muchos parisinos acuden a leer en sus bancos de madera. Algunos incluso, plantan sus casetas de campaña para dormir. El lugar rebosa tranquilidad y es un perfecto sitio para que Doña Libertad descanse tranquila.

El resto del día paseé por los Bulevares, subí a Montmatre y tomé un helado hasta hacer tiempo hasta llegar a la estación de tren de la Gare Du Nord donde cogería el tren rumbo a Hamburgo. Por delante me esperaban doce horas en una coche-cama. Compartí la cochera con una madre camerunesa que viajaba con sus dos hijos pequeños y una señora que traía un pequeño perrito que se tumbo debajo de la litera en silencio, sin rechistar y que no salió en toda la noche de allí. Al día siguiente me desperté en la estación central de Hamburgo, Hice tiempo durante una hora para coger otro tren que me llevaría a Berlín.

Después de no dormir muy bien durante la noche, el tren que me llevaría a la capital alemana tardaría dos horas así que decidí tomármelo con calma y descansar lo que pudiera. En la segunda parada se subió una joven alemana. Era de pelo castaño, sus ojos eran almendrados y de color negro. Parecía interesante porque había encendido su ordenador portátil y no paraba de escribir. Pensé que debía ser estudiante. Yo escuchaba música en mis cascos y de vez en cuando cruzábamos miradas. Se había sentado frente a mí y le había rozado con mi pie. Le pedí disculpas, ella me respondía con una sonrisa. En dos ocasiones volvió a reírse cuando mi móvil sonaba y no me dejaba escuchar música con tranquilidad. Estaba intrigado por lo que pudiera estar escribiendo y sus ojos me atraían cada vez más. Sabía que nos separaríamos en menos de una hora y cuando apagó su portátil dudé si hablar con ella o no. Intuí que librábamos una batalla de pensamientos. Pero en las casi dos horas de trayecto no nos dirigimos ni una palabra. Cuando anunciaban que llegábamos a Berlín, escribí una nota en la que le daba las gracias por regalarme su mirada durante el viaje. Planeé dejársela en el bolsillo exterior de su mochila, pero no fui lo suficientemente atrevido.


Ella se bajó del tren. Yo seguí mi camino. Le eché un vistazo por última vez mientras se perdía por las escaleras mecánicas entre viajeros y maletas. Ahora era ella quien escuchaba música en unos auriculares. Mi música era muy diferente. Estaba en Berlín y sólo escuchaba el caos acústico de la estación de tren de Ostbahnhof. No me vio pero le devolví una sonrisa que se quedó junto a las vías para mi y mi recuerdo.

viernes, 7 de noviembre de 2008

RETRATOS DE UN INSTANTE ( EL NIÑO DEL PARAGUAS AZUL)

Aunque el blanco y negro de la fotografía no deje apreciar el color. Ese paraguas es azul cielo. Fue uno de los retratos del día de difuntos. El niño jugaba con el paraguas saltando desde los petriles de las aceras. Como si intentara emular a Mery Poppins. lograba mantenerse milésimas de segundo en el aire en cada salto. Su padre dialogaba con un amigo y las tumbas enrramadas desprendían un dulce olor. No paraba de moverse de un lado a otro hasta que llegó a pocos metros de mí y se paró. Se quedó petrificado mirando al objetivo de mi cámara. Aproveché el momento. Era como si le hubiese hipnotizado. Él seguía sosteniendo con firmeza su paraguas azul pero esta vez no para echarse a volar.

jueves, 6 de noviembre de 2008

3º (relatos tras el cambio climático)

MANIFESTACIÓN BAJO O2 RECICLADO


La multitud, chilla, camina lenta, grita, hondea pancartas. Intento seguir de cerca la manifestación, replegado en las aceras, mientras miles de bocas enferborizadas escupen saliva al asfalto recachutado de la avenida principal. Parece que todo transcurre sin incidentes. Los escoltas de policia vigilantes, caminan al paso de la manifestación, armados con sus armas electromagnéticas, con una mano sujetan la cartuchera , con la otra, acarician la hebilla del cinturón. Todos llevan las mascarillas de oxígeno conectadas al casco donde unas minicámaras graban cada paso de los manifestantes, tal vez los míos también, pero no me centro en ellos. En el centro de la manifestación puedo leer varias pancartas que se levantan sobre las cabezas: " EL AIRE ES DE TODOS, FUERA GHETTOS" " RESPIRAR ES UN DERECHO, NO UN PRIVILEGIO", Así cientos de consignas diferentes, pero con un mismo mensaje. Me acerco al extremo de la serpiente humana y me mezclo con ella. Algunos manifestantes que pasan junto a mí no llevan máscara de oxígeno. Otros sí.Saco la minigrabadora, le doy al botón rojo de rec y la cinta comienza a rodar. Me doy cuenta de que se está acabando la cinta y me paró para cambiarla de cara. Uno de los manifestantes me empuja. Parece un zombie, pasa a mi lado escupiéndome sus gritos en la cara. Su alitosis hace que me revuelva las tripas por un momento. No lleva máscara. posiblemente esté enfermo. Consigo darle la vuelta a la cinta. Ahora, sí. halzo la mano al aire y me dejo llevar. La grabadora recoge el ambiente de la multitud. En ese instante, alguien habla por un megáfono desde la cabeza de la manifestación. Intento hacer un esfuerzo por localizar al individuo mientras camino arrastrado por una masa que dispara su adrenalina con cada palabra que sale del megáfono. La policia comienza a tomar posiciones. Oigo el sonido lejano de un helicóptero que se acerca. "Compañeros, no podemos permitir que nos ahoguen más". La cosa se pone fea. Con cierta dificultad consigo arrastrarme hasta la acera. Salgo de la manifestación y avanzó hasta la cabeza, unos 10 metros más adelante. Logro subirme al banco y veo a lo lejos miles de personas que ocupan toda la avenida a lo largo de mas de 2 kilómetros. Escribo en mi cuaderno de notas y calculo una cifra aproximada de manifestantes en torno a las treinta mil. Vuelvo a mirar a la cabeza. Allí está el hombre que sigue hablando por el megáfono. No es muy alto, delgado viste una camisa blanca sucia que le da un aspecto obrero. Alrededor suyo, dos personajes con mascarillas y gafas oscuras le acompañan. Deduzco que son sus guardaespaldas pero no me detengo para averiguarlo. Intuyo el revuelo y corro calle abajo buscando un edificio alto. Comienzan a llegar los refuerzos. Los vehículos solares llegan repletos de policias con escudos y cascos antidisturbios que toman posiciones a pocos metros de la cabeza de la manifestación. La multitud comienza a ponerse nerviosa. Mientras, logro encaramarme a una de las azoteas próximas a la linea defensiva que ha establecido el cuerpo de policia. Desde allí los contemplo armados hasta los dientes debajo de mí.
Comienzan a disparar. La primera ráfaga abate a cuatro manifestantes que siembran el asfalto de la calle. La muchedumbre se ha dispersado con pánico. En el helado asfalto anticuado yacen los cuatro cuerpos con cuatro charcos de sangre a su alrededor. Dos de las personas heridas sujetan dos pancartas. Una de ellas lleva máscara de oxígeno y aún respira agonizante. Los manifestantes lanzan un contraataque mientras las fuerzas de policia se cubren con sus escudos. Botellas de oxígeno vacías, piedras trozos de metal y de farolas y cristales caen del cielo sin avisar, como una tormenta en verano. Las fuerzas se recrudezen y comienzan a disparar a rágafas. A lo lejos de la avenida caen una docena de manifestantes. Sus cuerpos se retuercen de dolor en el aire mientras con ellos, sus ilusiones se derrumban en el suelo. No puedo dejar de estremecerme desde mi situación privilegiada en lo alto de la azotea. Mi mirada se pierde en el infinito de las azoteas de la ciudad vieja, coronada por el peculiar rojizo de las nubes y el cielo rojo como la sangre derramada en las calles en busca de un pedazo de oxígeno puro. Intento reponerme cuando siento que alguien me toca el hombro desde atrás.
- ¿Has visto eso? Lo tengo, lo tengo. Vamos, tenemos que salir de aquí . Se van a cagar estos cabrones.
Es mi fotógrafo Malcom. Siempre le pierdo de vista y siempre aparece en el momento menos insospechado.
-¿Has sacado fotos?
- ¿Qué piensas que te estoy diciendo? ¿No querías algo fuerte para vender? Pues aquí lo tienes.


La muchedumbre se dispersa de la calle principal. Los miniorificios de las cúpulas vuelven a abrirse y el O2 reciclado se expande por la zona A. Los policias retiraban los cadáveres de la avenida. Decido irme a casa. Mi ración diaria de óxigeno se está acabando y aún tengo que escribir la crónica antes del cierre. Quizás hoy consigua algo con las fotos de Malcom. Me quito la chaqueta y en ese instante suena el teléfono, es mi jefe de redacción pidiéndome un titular para la edición. Me calmo, y no lo cojo. Hoy puedo esperar un poco más. Necesito respirar.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

LA PARADA DE ZELIVSKEHO


Me bajé en Zelivskeho, el cementerio cerraba a las seis de la tarde. Acababa de terminar de leer " El periodista deportivo" de Richard Ford que me había cautivado con una lectura entretenida que en un principio me pareció simple pero que desprendía un mensaje real y claro "En la vida no hay temas trascendentales. Las cosas suceden y luego se acaban, y eso es todo".
Había cogido el metro desde la céntrica estación de Mustek. Después de dialogar sobre la Insoportable Levedad del ser de Kundera con un gallego cojo, que se sostenía en una muleta con una facilidad febril. No paraba de dar saltos con su única pierna de un lado a otro. Se ganaba la vida en la ciudad pidiendo limosna y sacándole el dinero a los españoles que visitaban su espacio al final de la plaza de Wenceslao (curiosamente en el mismo sitio por donde entraron los tanques rusos en la primavera de Praga) Hacía diez días que deambulaba por las calles buscando mi destino. Tres días antes se había cruzado en mi camino Lora, una joven eslovaca que se dedicaba desde hacía dos años a enseñar a los turistas el subsuelo de Praga. Sus mazmorras y su tétrica historia. Estaba cansada, quería volver a su país. Praga la agobiaba, Praga le parecía triste, oscura, gótica, agotaba su espíritu. Me dio buenas señas para encontrar un libro que hablaba de la relación de Kafka y la ciudad. Lo encontré justo donde me había dicho. En la plaza de la ciudad vieja bajo una de las esquinas de la catedral de Nuestra señora de Tyn. Decidí leerlo en una terraza cercana de la misma plaza. Un grupo de jóvenes mochileros jugaban con una pelota de trapo frente a la librería mientras unos reían y otros fumaban con los pies cruzados en el suelo. El día era espléndido me apetecía leer y al mismo tiempo regocijarme de pisar los lugares donde Max Brod y su amigo del alma, un tal Franz Kafka se veían o compartían charlas a menudo. Me había sentado hacía rato pero el camarero aún no había hecho acto de presencia. Una chica a mi lado, leía una guía de La República Checa. Vestía una blusa de seda blanca y una falda larga negra con una gafas de sol Vogue a juego. Era joven, podría tener unos 27 años Cuando el camarero se acercó para cobrarle la cuenta la oí hablar. Deduje que era norteamericana por su acento. Me harté de valor y la abordé con una sonrisa cuando hizo el amago de mirarme, pero me devolvió el regalo cerrando la guía y dejando una propina de 50 céntimos de coronas Checas. El camarero se acercó y en un correcto español ensalzado por un acento del centro europeo me preguntó ¿Deseaba algo señor? Me levante dándole un No gracias y me fuí al centro de la plaza.


Caía la tarde y tomé dirección al Karluv Most o puente de Carlos a lo largo de la calle KARLOVA. Aquel trayecto ejercía de poderoso imán a mis pies. Había hecho el mismo camino tres o cuatro veces cada día desde hacía una semana en dirección y vuelta del puente. El puente me atrapaba y vivía inerte en mis sueños. Las estatuas frías que lo lindaban, seguían dando la espalda al gran castillo y al río Moldava mientras miles de turistas cruzaban a diario sus miradas hacia la negra piedra que las levantaba.





Al final del puente se había una casita con un pequeño balcón coronado por la imagen de un santo. Un sueño me fustigaba muchas noches. Yo me encontraba en el interior de aquella casa en una habitación de madera con una cama rodeada de finas telas de Cachemira. De pronto la ventana se habría violentamente por el soplo del viento y una mujer vestida totalmente con sábanas de seda blanca me cogía de la mano y me llevaba con ella. En ese instante volvía a mi niñez. mientras ella me paseaba surcando los aires por el puente de Carlos, la visión aérea era muy diferente a la terrenal era el rey de Praga, un Golem resucitado.










Bajo el puente estaba la isla de Kampa. Con un poco de suerte, me pude alejar de la muchedumbre de gente que pasaba a diario por el puente en dirección al Castillo. Parecía hormigas ciegas buscando el hormiguero. Kampa se abrió ante mí. No me costó mucho encontrar el rincón de la paz de John Lennon. Una pared conla cara del beatle pintada y firmada por miles de mini graffitis y firmas de visitantes. Una joven asiática había llegado hasta allí, no sé muy bien si buscando las huellas de Oko Ono. Retraté el instante.
Eran las sensaciones de un día que pasaron por mi mente en el instante que cogía un Kipá azul de papel de la mesa de la entrada del cementerio. No me hacía falta guía, em dejé guiar por el instinto. El cementerio era bastante grande. Las tumbas no tenían nada que ver con las del Cementerio del barrio judío de Josefov. Allí me había encontrado días atrás a un rabino que oraba ante una de las lápidas que estaba recubierta de pequeñas piedras que habían colocado los visitantes. La ceremonia parecía solemne y su sombreo de ala ancha y su tirabuzones se movían con cada movimiento de cabeza arriba y abajo. Contemplé la escena desde la lejanía intentando empaparme del lugar. Cientos de lápidas desgastadas se enterraban sin organización alguna a lo largo de montículos de tierra húmeda. Había llovido bastante la noche anterior y el olor era tan intenso que se metía en las paredes de la vieja y nueva Sinagogas judías del barrio.
Caminé cien metros y giré a la derecha cuatro calles más adelante estaba la tumba con la piedra gris en forma de diamante largo. Allí yacían los restos de los hermanos y de Franz Kafka.

El suelo estaba lleno de pequeños papelitos con mensajes, fragmentos de sus obras o poemas que los visitantes había dejado aguantados por piedrecitas. En esto no se distinguía de las tumbas de otros personajes que había visitado. Cerca de allí corte el tallo de una pequeña margarita amarilla y la alojé en su lápida. Estuve sentado un rato sin hablar, en silencio. Durante ese periodo, solo un grupo de mexicanos aparecieron para dejar su recuerdo. Decidí que ya me podía ir al hotel.
Me había tomado con calma lo de buscar la tumba de Kafka y sólo lo había preguntado en el museo que existe en la esquina de su casa natal en Praga. Cuando me dieron la dirección me impresionó saber que el hotel (Don Giovanni, como la ópera)que había elegido para domir, se encontraba justo en frente del cementerio y que su tumba, daba a la ventana de mi habitación. Lógicamente la parada de Zleviskeho donde me bajaba a diario para regresar a dormir, se quedó grabada en mi mente para siempre.

...CLANDESTINOS...

Para mí sólo hay una manera de afrontar el reto de la inmigración más allá de las decisiones políticas, o judiciales y es mirarla desde la perspectiva humana. Y debe hacerse tomando como referencia los DERECHOS FUNDAMENTALES DEL SER HUMANO aprobados en la ONU en 1948. La hipocrecía se sigue cebando en los gobiernos occidentales y un ejemplo claro lo estamos viendo con la crisis económica. Siempre hay dinero para los bancos, hay que salvarlos por encima de todo para salvaguardar el "sistema" financiero. Un sistema individualista que nos vuelve vagos, que nos aliena sin darnos tregua para pensar y acercarnos a lo que no conocemos.

Precisamente ahí comienza el esfuerzo, acercarse y querer conocer al "otro". Lógicamente el acercamiento ha de ser recíproco y empático. Sólo así comenzaremos a entender las migraciones.

Una de las migraciones más trágicas es la de los "cayucos" , pese a que representan un porcentaje bajo de entradas en España.

Hace dos años tuve el placer de participar en un trabajo sobre este fenómeno junto a otros dos compañeros: Eva Domínguez e Iván Burdett. Durante un año filmamos el documental: Clandestinos: fronteras en el mar.

Intentamos retratar esta realidad que sacudió a Canarias en el año 2006. Más de 30 mil africanos subsaharianos arribaron en estas embarcaciones a las costas. Según distintas fuentes de ongs, unos 10 mil murieron intentándolo.

Sufrímos mucho para sacar el trabajo adelante y una parte de nosotros se quedó en el camino. Pero valío la pena. Queríamos concienciar a la sociedad canaria de que las personas que llegaban en cayuco no representaban un problema para ellos.
Visitamos centros de menores y de internamiento para extranjeros, a los que nos impidieron acceder incluso confiscándonos cintas grabadas y tomándonos los datos personales. Vivimos la llegada a pie de puerto. Entrevistamos a autoridades locales, insulares, nacionales e internacionales. Periodistas, políticos, fuerzas de seguridad del estado, ongs, servicios de emergencia o de rescate, ciudadanía y hasta los propios inmigrantes protagonistas dieron su opinión de lo que estaba pasando.


La concepción de tierra y patria canaria a veces se confunde con la posesión de un espacio que por derecho humano es libre para todos. Nuestros antepasados emigraron. Ahora es más fácil centarse en el sillón de casa y ver llegar exhaustas a estas personas mientras tomamos el almuerzo y somos perezosos para hacer memoria. Y la memoria se pierde si no la activamos.

Dejemos vivir a la gente en paz y hagamos algo por muy pequeño que sea para intentar cambiar cada día el mundo. Desde nuestra posibilidades más ínfimas.


¿ Quién sabe? Quizás en un futuro cercano, usted se vea en la misma situación que ellos.

Un año más tarde. En la playa de Las Canteras en las Palmas de Gran Canaria. Mis compañeros y yo rendimos junto a cientos de personas más un merecido homenaje a los que murieron en el mar. Como símbolo, plantamos 50 claveles rojos en la orilla de la playa. Para la ocasión editamos un pequeño video con imágenes y fotogramas de nuestro documental bajo la simbólica canción "Exodous"




martes, 4 de noviembre de 2008

FINADOS (retratos en un 1 de noviembre)



No soy santo no soy puro, ni siquiera soy digno de adentrarme en vuestro descanso eterno, pero lo siento dentro de mí, en vuestras miradas, en vuestras sonrisas, en vuestras oraciones, en vuestros....sollozos. El frío cortante de la lápida se vuelve luz que encandila. Me muevo como serpiente, acecho como águila. Soy un intruso, pero no busco hacer el mal, no busco aprovecharme, busco esencias, instantes que resuman vuestro amor después de la muerte. Hoy huele a rosas, a clavel, a geranio, a helecho... a siemprevivas. El diálogo que os mantengo es silencioso pero embriagador. Desearía en un beso, mil bocas hambrientas de vida, pero los minutos se agotan y pronto me reuniré con vosotros si mi conciencia no lo remedia.


Es día de Finados. En México cantan, en Rumanía se levantan.
Y aquí con un ramo de flores se purifican las almas. Varias de ellas yacen sin nombre. Perdieron su vida en el mar, migrantes de sol, salitre y sudor de gasolina, que se alejaron del nido buscando sus sombras . Hoy unos pocos no los olvidan y en sus nichos, los pétalos no se marchitan.



Es día de todos los santos.
Perdonad mi intromisión.
(Sensaciones y disparos fotográficos en el cementerio de Santa Lastenia, Sta. Cruz de Tenerife)

lunes, 3 de noviembre de 2008

LA SETA GIGANTE DE HANS VEYRAT

Hoy he estado en casa de Hans Veyrat que es un empresario jubilado que vive en el Puerto de la Cruz en Tenerife y que desde hace más de veinte años se dedica a buscar setas por los montes de la isla. Después de mucho tiempo de búsqueda hoy ha logrado ser protagonista por su descubrimiento. Muchos medios de comunicación nacionales se han hecho eco de la noticia. Su nombre científico es Boletus edulis. Muy considerada gastronómicamente. Pesa 1750 gramos y mide 38 centímetros de diámetro.






Hans posa sonriente en el jardín de su casa

con su descubrimiento.


La seta comparada con una castaña
Fue una casualidad que la encontrase el día 1 de noviembre, justo el mismo día pero 44 años atrás, en el que llegaba a Tenerife, me contaba hoy sonriente como una anécdota.
El hongo reposaba en una mesa de su jardín y como buen científico, pensó en un primer momento donarla al Departamento de Botánica de la Universidad de La Laguna. Pero le dijeron que la expondrían el 6 de Diciembre en una muestra. Como la seta es muy delicada, y se deteriora con facilidad si no se encuentra en su medio natural, me dijo que no aguantaría hasta esa fecha. Así que Hans y su esposa se prepararán un buen banquete con esta seta gigante.
¡Que les aproveche!

LA HABITACIÓN DE KUBRICK

Si hay una película que me encandila cada vez que la veo esa es 2001 Odisea del Espacio. La obra que Stanley Kubrick rodó en 1968 se adelantaba a su época. Cierto que por aquel entonces se vivía una fiebre, en plena guerra fría, por la conquista espacial. Los rusos habían lanzado el satélite espacial Sputnik y apenas un año después los americanos llegarían a la Luna. Kubrick imaginó un 2001 en el que el hombre ya había conquistado el espacio exterior. No voy a comentar la filosofía que desprende está película sobre la propia esencia del ser humano o hacia dónde se dirige nuestra humanidad, porque de eso ya se han encargado miles de comentarios, críticas, estudios y expertos.


En la foto de arriba.

Kubrick rueda en 1968 una secuencia de la película

Visitando el TEA (Tenerife, Espacio de las Artes) me llevé una sorpresa. Caminando por sus recovecos me topé con una habitación réplica exacta de la que Kubrick utilizó para rodar una de las secuencias de su Odisea espacial.

Nada más entrar en la estancia me quedé petrificado, sin habla. Después de unos segundos mi mente reaccionó “ impresionante” , “Qué fuerte” fueron las palabras que salieron de mi boca mientras daba vueltas por la estancia. Sé que puede parecer estúpido pero para cualquier cinéfilo como yo, aquella visión era como vivir dentro de un sueño hecho realidad. Por mi cabeza pasó en un instante, la necesidad de tomar una cámara y rodar todo lo que veía ante mis ojos, pero me tuve que conformar con la cámara fotográfica que colgaba de mi hombro. Por la estancia pasaban personas engalanadas con trajes de etiqueta, vestidos de noche que se mezclaban con la elegancia de la misma habitación, todos los que pasaban se asombraban con el espacio pero apenas permanecían dos minutos. Yo estaba atrapado, no quería salir de allí. Hice muy pocas fotografías.



Entre ellas a las pequeñas estatuas de bailarinas o la inmensidad del suelo iluminado por cuadriculas con lados negros que contrastaban con el aspecto señorial de la habitación. Es algo que Kubrick o el mismo cineasta soviético Tarkovski en su película Solaris, se atrevieron a introducir en la estética espacial, consiguiendo un espectacular contraste de vejez y modernidad al mismo tiempo. Aproveché uno de los momentos y fotografié a una joven que bien podría ser por su indumentaria, una de aquellas bailarinas que vigilaban cada uno de los espejos de aquella habitación que parecía flotar en la inmensidad del universo.

domingo, 2 de noviembre de 2008

EL TEA Y LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES

Se inauguraba el TEA (Tenerife espacio de las artes) más de 6000 personas asistían al acto. Los políticos y asistentes no quedaron indiferentes ante una performance, o work in progress con baguettes de pan , de una compañía de actores que el público no comprendió muy bien.




En la foto, El presidente del Cabildo, Ricardo Melchior
levanta una baguette en la inauguración del TEA
Restos de la baguette después del acto de inauguración

Es una pena que en el siglo XXI , este arte aún siga siendo desconocido para el gran público. Siendo el TEA un centro para el arte moderno, la performance debería tener un espacio reservado. Y más aún siendo uno de sus precursores en nuestro país un canario, y de más señas, del Puerto de la Cruz. Hablo de Pedro Garhel, al cual no se le ha rendido ningún merecido homenaje en su isla natal. http://www.pedrogarhel.net/


Sería una buena oportunidad para que el TEA acogiese una retrospectiva de este artista que marcó época fuera de las fronteras Canarias. Tal y como pasó con el pintor Óscar Domínguez.
Eperemos que este fenomenal centro de arte que se merecía Tenerife desde hace mucho tiempo, sirva con sinceridad al ciudadano para que pueda disfrutar de él en toda su amplitud, lejos de snobismos elitistas culturales.

DESDE NORMANDÍA A AUSWITCHZ (UNA TARDE EN ETRETAT)


Después de recorrer toda la costa de Normandía durante dos días desde Cherburgo hasta Caen. Decidí ir a Etretat para descargar un poco mi mente de tanta historia. Tras cruzar el gran puente del canal de La Havre, me adentré por pequeños caminos llenos de vegetación, El gps me marcaba que iba por el buen camino, pero lo cierto es que pensé más de una vez que me perdía hasta que llegué al pequeño pueblo marinero. No era muy diferente en organización urbana a lo que había visto con Arromanches , Bayeux e incluso Rennes. Pero Etretat tenía algo especial. El pueblo está situado junto a una costa releta de acantilados de arena blanca. El día que llegué parecía que la ciudad estaba de fiestas. Muchos turistas paseaban por la calle principal a pie. El centro era precioso. Las casas con techos y acabados en madera pintadas de colores distintos se sucedían las unas con las otras con un aire medieval. Muchas de ellas tenían adornos de bronce en las fachadas que se asemejaban a viejas casas galas. El trajín de personas que cruzaban de un lado a otro no dejaba de hervir el ritmo del lugar. Varias gaviotas sobrevolaban mi cabeza. Sabía que la playa estaba cerca, al final de la calle. Cuando alcancé el fondo, subí unas escaleras y allí estaba. La gran playa con sus cayados blancos impolutos, erosionados por el el vaivén de las olas. El día era espectacular. La playa estaba invadida por turistas de fin de semana y lugareños. Las gaviotas campaban a sus anchas por el lugar, se acercaban a los visitantes como si no les tuvieran miedo. Algunas de ellas se posaban en una las barandillas del paseo marítimo y permanecían inmóviles en plena simbiosis con los tejados, los coches, y demás mobiliarios urbanos.
Cuando vi la playa de Etretat comprendí al instante porque Monet se había sentido atraído por pintar el paisaje que se presentaba a mis ojos. A los dos lados de la playa dos grandes estructuras de piedra sobresalían de grandes acantilados en forma de ojo de aguja, conformando una puerta de roca natural de mas de 50 metros de altura. Decidí acercarme a una gran cueva que se situaba justo en el ala izquierda de la playa y a donde se dirigían en cola los turistas. Guiado por el instinto, bajé a la playa y seguí descalzo por las pequeñas rocas y guijarros que hacían de la playa un macro manto de masaje para la planta de los pies. Cuanto más me acercaba podía apreciar el bajío de la marea que había dejado al descubierto un ecosistema de musgos, algas marinas con pequeños charcos de agua donde las gaviotas reposaban sus alas cansadas. Una gran pared de roca blanca se extendía ante mí, la bordeé hasta llegar a la cueva. Se hacía cola para subir otra pequeña escalera que te conducía a la entrada de una mini cueva que atravesaba la montaña. Roído por la curiosidad y tras adentrarme en ella, dos minutos más tarde llegué al otro extremo.
En la puerta había dos guardianes que nos habían avisado de que sólo podíamos estar 15 minutos en la otra parte.Al salir de la cueva la playa contigua, era impresionante, de igual cayado blanco pero al fondo, un gran puente de roca natural y un roque blanco gigantesco, la hacían una delicia, un lugar de postal para la vista y para el descanso. Como solo disponía de pocos minutos, tomé varias fotografías y me tumbé unos minutos cerca de la orilla justo frente al gran roque para disfrutar de la brisa y de aquella playa salvaje, a la que sólo se podía acceder por donde mismo había llegado. El guardian toco un pito, a través de un megáfono nos invitó a volver antes de que la marea nos dejara atrapados en el lugar. El mar iba a empezar a subir y al cueva de ascenso se podría innundar rápidamente.
Volví sobre mis pasos y una vez de nuevo en la explanada verde de algas me decidí a subir a lo alto de la montaña para ver los acantilados desde otra perspectiva. En la base de la playa, otro bunker antiguo grafiteado servía como monumento de bienvenida. Tardé 15 minutos minutos en subirla, Sobre todo por el intenso calor que hacía. Cuando llegué a lo alto puede observar la maravillosa vista de Etretat. Toda la zona de los acantilados se podia recorrer por pequeños senderos. a unos 500 metros estaban otros dos roques que sobresalían desde el mar. 15 minutos mas tarde etaba en el otro extremo, La vista desde allí era priviegiada , la playa en la que había estado anteriormente se extendía desde las altura ante mí. Una familia descansaba junto a un perro de colores peculiare con pintitas negras, blancas y naranjas. Hice varias fotos a la playa desde la altura. Detrás de mi , seguián alargándose los acantilados con un faro solitario a lo lejos.
Desde allí se podía pasar a los dos roques que se pegaban al acantilado por un delgado sendero. El paso era bastante estrecho. 50 o 70 metros de caída hacia abajo y el vértigo comenzó a hacer estragos en mis piernas.Logré pasar a la roca con más pánico que otra cosa, Mis oídos se volvieron sordos por un instante, saque una foto al frontal de acantilado pero me sentía muy inseguro. Sentí que pedía el control de mi estabilidad por unos momentos. Las piernas comenzaron a temblarme y volví a la plataforma firme del acantilado arrastrándome casi a cuatro patas.

Regrese a la playa principal antes sin dejar de fotografíar a varias aves que se posaban a descansar entre los bonitos recovecos de los acantilados. Más abajo, en el mar, una canoa surcaba el agua pasando justo por debajo de los ojos de agujas naturales. Había estado caminando casi una hora todo cuesta arriba, asi que había llegado la hora de tomar un baño. Bajé a la playa y me lanzé al agua el agua. Podía cortar la piel de lo fría que estaba. A unos 100 metros de la orilla había un embarcadero. Nadé hasta él, subí y descansé durante unos quince minutos hasta que me sequé por completo mientras dos adolescentes franceses dialogaban animosamente lanzándose y subiéndose a la plataforma constantemente. El sol ya había bajado bastante. Regresé a la orilla, me volví a secar y terminé el día tomándome una buena cerveza y un helado en aquel maravilloso pueblo, que había servido con balneario para finalizar mi aventura en Normandía.

miércoles, 29 de octubre de 2008

LA INCREÍBLE VISITA DE HERDA MARTEL

En marzo de 2003 el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias en el Puerto de la Cruz en Tenerife, comenzó con sus proyecciones de cine. Por aquel entonces, había acudido al estreno de las proyecciones para ver Intacto, la película del tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo a la que el propio director acudió. Tras el acto, los directivos de la institución se reunieron con un grupo de jóvenes que asistieron, con la necesidad de captar savia nueva. De aquella reunión surgió el compromiso para que me encargara de las proyecciones.

La primera idea fue resucitar una vieja costumbre perdida como la de los cine forum. Llegamos al acuerdo de que todos los últimos martes de cada mes se programaría una película y se hablaría sobre ella. Así que en Julio de ese mismo año, comenzamos con “Desmontando a Harry de Woody Allen “

Un día decidí realizar un ciclo de cine clásico. Entre los filmes que se proyectarían, estaba la mítica “Metrópolis” de Fritz Lang.

Fotograma de la película "Metrópolis"
Una tarde que me encontraba preparando la ficha técnica y artística para el ciclo, entró a la oficina una señora. Era bajita y caminaba con pasos menudos, su pelo permanentado era totalmente cano. Se acercó a mí y con una dulce sonrisa y una voz inglesa temblorosa, me preguntó cuándo se proyectaba la película. Le dije que aún faltaban tres días. Luego no pude entender muy bien lo que me decía. Se refería de nuevo al film y no paraba de señalarme con el dedo un nombre de la carátula mientras gesticulaba para hacerse entender. En un español con un fuerte acento americano me dijo “ es mi padre” Karl Freund, señalándome uno de los nombres que estaban escritos allí. Debo confesar que en un primer momento pensé que me tomaba el pelo y lo atribuí a su edad. Con amabilidad intenté mostrarle mi interés y me excusé diciéndole que debía terminar mi trabajo.
Al día siguiente Herda volvió a la oficina. Me entregó varios recortes antiguos de periódicos y revistas de cine. Y una foto de su padre. Cuando las vi, no salí del asombro. Tal y como me había dicho el día anterior, certifiqué que estaba ante la hija del director de fotografía de Metrópolis y no sólo eso , había sido un director prolífico: Desde su inicios en la UFA http://es.wikipedia.org/wiki/Universum_Film_AG, en los que trabajó a las órdenes del director de cine alemán Murnau, precursor del cine expresionista alemán.

Herda me habló durante más de una hora de su padre con pasión. Me contó toda su historia, no pude en ningún momento despegarme de sus palabras, estaba ante un testimonio que me quitaba el habla. Me contaba cómo su padre había participado como guionista en películas tan importantes en los inicios de la historia del cine como “Berlín sinfonía de una gran ciudad” . Fue director de fotografía en las míticas películas de Drácula, la versión americana de El Gabinete del Doctor Caligari, Cayo Largo de John Huston o La Dama de las Camelias. Para testificarlo, me enseñó una foto de su padre junto a Greta Garbo en esa película en la que posaba en una de las secuencias junto a su inseparable fotómetro. Yo seguía en las nubes mientras ella no paraba de hablar y hablar y hablar de las experiencias de su padre. Me contó que También había dirigido La Momia con el inigualable Boris Karloff y que incluso había ganado un Oscar en 1937 por la fotografía de la película The Good Earth de Sydney Franklin.

Sin embargo la relación con su padre no había sido excesivamente buena, me comentó que había tenido que emigrar a Estados Unidos, donde sufrió mucho por el trabajo constante que él desempeñaba. No quise incidir en su llaga, pero me llegó a decir que en alguna ocasión había tenido en su poder el Oscar que su padre había ganado en 1937 y que eso le había carreado algún problema. Finalmente acabó cediéndolo a la Academia.

Invité a Herda a participar en un diálogo el día de la película, pero prefirió no hacerlo. Respeté su decisión pero la invité con todos los honores al primer asiento en la noche de la proyección. Cuando sonaron los acordes de la banda sonora no pude evitar que mi piel se erizara y al término de la película la acompañé
comentando algunos aspectos que no le habían gustado de la versión actualizada de la película, sobre todo de la banda sonora. Lógicamente con la remasterización de la imagen y de la banda sonora, no era la misma película que ella había visto muchísimos años atrás. No me dijo su edad, pero estaría cercana a cumplir los 90 años sino los había cumplido ya. Su vitalidad era envidiable.
Arriba, Karl Freund y un fotograma de su película: La Momia

Después de aquella noche, Herda siguió visitándome y dialogando conmigo durante muchas tardes. Vivía sola en un ático. Siempre tuve la sensación de que necesitaba a alguien que la escuchara, y en mí había encontrado un nexo común para seguir contándome las experiencias con su padre y otras historias.

Un día le propuse hacer una entrevista a lo que se negó. Se puso muy nerviosa. Me comentó que un periodista la había entrevistado para un periódico pero que tergiversó lo que le había contado. Desde entonces se negaba a ser entrevistada.
El padre de Herda en acción en un rodaje
Pocos días después vino a mí para despedirse. Me comentó que se marchaba para realizar un crucero con una hija suya por el mar Báltico y que posiblemente no la vería más. Le di dos grandes besos y me despedí hasta siempre de ella con un gran abrazo y con la pena de no haberla entrevistado como testimonio oral de su historia personal ( digna de ser filmada en una película).

Noté que dejaba escapar una gran oportunidad de documentar el testimonio de una gran mujer, pero tuve que aceptar su decisión. Quizás recordar no era cómodo para ella. Me legó varios documentos, recortes de la historia del cine que se relacionaban con su padre y un increíble testimonio oral que siempre quedará en mi memoria. Quién sabe, quizás si llego a viejo, pueda contarlo como ella me lo narró a mí en aquellas largas tardes que compartimos en el Instituto de Estudios Hispánicos.

KARLD FREUND

Aunque no fue el primero en rodar tomas dinámicas, Karl Freund (1890-1969) pasa por ser el padre de la "cámara móvil" . El último (1924) fue la más famosa de un total de nueve películas que el corpulento Freund fotografió para Murnau entre 1919 y 1925. Y no sólo por dicha colaboración este técnico amigo de los experimentos se considera el director de fotografía alemán más destacado de la década de 1920. Igual de célebre por sus tomas de luces y sombras que por los desplazamientos de la cámara y la puesta en escena arquitectónica, participó en numerosas películas clásicas de la era dorada del cine alemán:

Hasta finales de la década de 1940, Freund se contaba entre los maestros de Hollywood más solicitados de su especialidad y desde allí impulsó el desarrollo técnico de este medio, por lo cual en 1955 le fue otorgado el denominado "oscar técnico". Posteriormente se dedicó a la televisión y también en este medio se reveló como precursor; fue el primero en emplear el sistema Multicam, mediante el cual podían utilizarse diversas cámaras de manera simultánea.

FUENTE: El Cine de los 30 e inicios de la cinematografía, Jürgen Müller, Taschen 2007

martes, 28 de octubre de 2008

RETRATOS DE UN INSTANTE (UN ÁNGEL EN MONTMATRE)

UN ÁNGEL EN MONTMATRE
Fue una tarde o quizás una mañana, no lo recuerdo bien, en la que subí a Montmatre, el barrio de los pintores en París, para almorzar en uno de los animados restaurantes que inundan sus calles empedradas. Después de degustar una buena comida di un paseo y subiendo unas de las escaleras que desembocan en la iglesia del Sacre Cor, vi a este ser celestial. Quizás había bajado del cielo invisiblemente. Nadie a su alrededor se percataba de su presencia . Solo un hombre que miraba a lo alto, quizás en busca de una respuesta

lunes, 27 de octubre de 2008

DESDE NORMANDÍA A AUSWITCHZ (EL PARACAIDISTA DE ST MERE EGLISE)

EL PARACAIDISTA DE ST MERE EGLISE


El viaje desde las baterías alemanas y Arromanches fue bello. Atras quedaban los escalones improvisados en el mar y los acantilados en zig zag. El sol volvía a irradiar la atomósfera así que aproveché para hacer carretera, antes de que la lluvía volviera a anunciar su acto de presencia. La carretera se extendía a lo largo de una una enorme naturaleza. Ningún coche se cruzaba en el camino. Los extensos campos cultivados, los árboles y la húmeda vegetación eran dueños del lugar. Después de media hora, paré en el camino para fotografíar una enorme Cristo crucificado a las faldas de un campo de trigo. Plantado justo al borde, se elevaba ante las nubes blancas y el sol como si los campesinos lo hubieran colocado allí para que bendijese que la cosecha siempre fuese buena. No había un alma alrededor. El silencio solo lo rompía el canto de las cigarras. Valió la pena detenerme unos minutos y fotografíar la escultura de piedra.

Aún me quedaba medio día para visitar la baja Normandía. Así que decidí marchar hacia la península de Cherburgo. Lugar de desembarco de los americanos. Después de 200 kilómetros Cherburgo se me plantó delante con su puerto como última frontera con el mar. Ningún rastro histórico que valiese la pena, así que dí media vuelta y volví por el mismo camino por el que había llegado. Por el camino me faltaban dos visitas importantes. Carentaan, el primer pueblo que tomó la compañía easy y St Meré Eglise , primera población que liberaron los americanos lanzando sobre ella, la 82 division aerotransportada, que luego inspiró a una célebre secuencia de la película de Andrew Marton, Bernhard Wicki "El día más largo" .

Llegué a Carentaan, como durante todo el recorrido, con el eterno tiempo normando: Lluvía. Entré en el pueblo y tras dar una vuelta con el coche, me detuve en la entrada para sacar la foto testimonio de mi toma personal de Carentaan. Casi cayendo la noche, entré en St. Mere Eglise . En el pueblo apenas viven mil personas. Sólo vi a dos lugareños fumando a las puertas de un bar, el único que estaba abierto a esa hora. Mi única intención era llegar hasta la plaza donde, durante la invasión, un paracaidista de la 82 división aerotransportada se había quedado enganchado con su paracaídas en el campanario de la iglesia. Mientras se hacía el muerto, veía como los alemanes mataban a sus compañeros. Fue capturado por los alemanes, que lo llevaron a París para interrogarle. Finalmente pudo escapar y volver a casa. Andrew Marton, Bernhard Wicki rodaron esta historia, en la revisión que realizaron del día D en la célebre película " El día más largo".


Arribé a la plaza y vi el campanario. No bajé del coche porque la lluvía caía con más fuerza, pero allí seguía el soldado, hoy en día representado por un muñeco, que conmemora aquella trágica noche.

Antes de abandonar Normandía me quedaba una sorpresa. Había visto en una postal de un pueblo llamado Etretat, en la alta Normandía. Sus playas de roca blancahabían inspirado en su día a Claude Monet así que decidí que tenía que llegar allí.






















RETRATOS DE UN INSTANTE (EL MEDITADOR)




EL MEDITADOR
Este individuo en cuestión me llamó la atención cuando visitaba la base de la Torre Eiffel en París. Había llegado justo de bajo de la gran torre y me había fijado en él deambulando por la zona, que estaba repleta de turistas. Parecía que toda aquella aglomeración de personas no iba con él. Su mirada atendía a otro horizonte y no lo perdí de vista. Intuía que halgo iba a pasar y efectivamente, minutos después dejó su bolsa en el suelo. Se situó justo debajo del monumento, dándole la espalda a un telón que simulaba la estructura de hierro de la gran torre y me regaló este instante que capté ¿Qué pensaba? ¿En qué se concetraba? Nunca lo supe. Minutos más tarde, cuando rompió su rígida figura, le deje marchar perdiéndole de vista entre los chiringuitos de perritos calientes, los vendedores ambulantes de souvenirs de París y japoneses que con sus flash, no hacían más que mirar hacía arriba buscando una instantánea del amasijo de hierros o hacían colas eternas para subir a los pisos de Eiffel.

domingo, 26 de octubre de 2008

RELATOS DE UN INSTANTE (LA ÚLTIMA ESTACIÓN)

El viaje comenzaba en la estación 23. Como el resto de la gente, seguí mis propios pasos a lo largo de la caverna de azulejos que se dirigían a la zona de espera. Los carteles decoraban y plasmaban las distintas variedades que ofrecía la ciudad e invitaban a salir al exterior, pero como todo el mundo, me encaminaba a ninguna parte, seguía al resto de la manada. Me apetecía ir a pasear al centro, no tenía nada que hacer, ningún cargo a mi favor y nada más que un simple bono de metro suficiente para tres días. Bajé por las escaleras del subway que me llevaron en un primer instante, a apreciar el eco de viejos músicos buscando una moneda que pagase la deuda pendiente de un talento desaprovechado. Allí, en aquel improvisado auditorio bajo tierra, cada día se abría un nuevo mundo de notas musicales, ruido de vías y gente con un destino diferente. El tren no tardó en llegar, las puertas se abrieron rápidamente y tras unos pequeños empujones busqué un rincón del vagón.

Era una máquina desgastada por los años, de color rojo y plata con apoyaderos de color blanco. Estaba repletó de gente, miré alrededor mientras las puertas del compartimiento se cerraban y el tren tomaba rumbo a la siguiente estación. Una señora no lejos de mí leía el último bestseler de moda, eché un vistazo al título: “ La última llama del corazón”, lo conocía muy bien, solía visitar las librerías de la ciudad a menudo y era uno de esos libros que tienen todos los ingredientes para pasárselo en grande sin tener que pensar mucho y que todos los libreros de la ciudad exponían como su gran tesoro en los escaparates de sus tiendas. Cerca de mí, oía como dos chicos conversaban sobre sus planes para el próximo fin de semana, sentado tras de ellos, una anciana, acompañada por quien podría ser su hija, sujetaba una bolsa con los últimos restos de comida del día que reposaban tras el transparente plástico a la espera del mordisco de algún perro vagabundo. No acabé de observar el resto del vagón cuando la estación 24 asomaba por una de las ventanillas y ,como no, afuera, algunos pasajeros esperaban el turno de abordaje.
Se abrieron las puertas y el vagón quedó casi desierto, se bajó la mitad del pasaje. Ahora apenas éramos quince en el vagón- Entonces la vi. Estaba en la esquina, resguardada y con una cara de ángel que dio un vuelco al pulso de mi corazón. Un ángel del cielo, que sacudió mis adentros. Apenas tuve tiempo para acercarme a ella cuando de improviso, una gran masa de pasajeros abarrotó de nuevo el pequeño espacio de acero. A los pocos segundos, el gusano mecánico se puso en movimiento. Ahora, desde mi posición, no podía verla claramente pero el cristal frente a ella me ofrecía sus servicios como un amigable espía. A través del vidrio sus facciones eran perfectas, su cara era lisa, limpia de suciedades, los pómulos eran poco pronunciados pero daban contorno a un rostro maravilloso, ovalado, de ojos claros, cuyo color no llegaba a distinguir y que cuadraban simétricamente con una nariz ni muy larga ni muy pequeña y un poco puntiaguda. Todo aquello culminaba en los labios más perfectos que mi mente podría haber imaginado nunca. Disimuladamente seguí mirando el reflejo del cristal, con miedo a que pudiese sospechar de mi interés. Pensé que a simple vista no llamaría la atención. Su aspecto resultaba sencillo, llevaba un vestido de un color naranja muy suave y su pelo descansaba sobre un pañuelo marrón claro. Leía un pequeño libro de color rojo que la hacía más misteriosa aún. No sé si llamarlo flechazo, pero no sabía muy bien a que atribuir aquella atracción repentina. No se trataba de nada físico, era algo platónico. Mirando las facciones de su rostro, un torbellino de pensamientos pasó por mi mente en menos de un segundo.

Caminábamos por una playa de la costa este, alejados del mundanal ruido de la ciudad sin nada en lo que pensar, solos, ella y yo. Comprendí que era la única persona en el mundo que me podía comprender, era la cura a todos mis miedos, sus ojos hablaban el lenguaje de mis pensamientos y cada pestañeo me incitaba a decirle que quería estar con ella toda la vida pero había algo que me impedía hacerlo. No tenía nada que perder, era soltero, no tenía compromiso alguno, mi vida había sido muy solitaria hasta el momento, pero alguna fuerza del subconsciente susurraba que me dejase llevar. De pronto, en un arrebato, sus manos me llevaron hasta el agua, allí nadamos desnudos durante todo el día, sin ningún miedo, sin ningún pudor como dos almas perdidas que se divierten buscándose a sí mismas.

Un frenazo repentino me privó de la bucólica imagen, estaba en la estación 25. Por un momento perdí la orientación, miré al fondo del vagón con una ansiedad que se calmó al comprobar que ella seguía allí. Las puertas del vagón volvieron a cerrarse y el tren se puso en marcha. No recordé que la estación 25 era mi parada aunque no le di importancia, nunca había tenido un viaje en metro tan interesante y pensé que valía la pena seguirlo hasta el final, al fin y al cabo, ¿Qué tenía que perder?.
Desde el refugio que me ofrecían los pasajeros del vagón, seguí observándola mientras ella leía el misterioso libro rojo. Era extraño, parecía que estuviese atrapada en él. No apartaba sus ojos de las páginas que pasaba con gran lentitud mientras que su boca esbozaba una tierna sonrisa de niña. Decidí acercarme y sigilosamente encaminé mis pasos hacía ella. Me senté en su banco y la salude con un ligero movimiento de cabeza y una sonrisa indiferente que ella me devolvió en un segundo de solidaridad. Creí que no había percibido que no era uno de los suyos y sin dejar de mirar al libro me dijo: - ¿Qué te trae por aquí?, los tuyos no suelen usar esta línea-. Me quedé sin habla, me sentí como si me conociese de toda la vida, pero ¿Qué significaba “los tuyos”?

¿A qué te refieres con eso? le dije. -Sí, sueles apearte en la anterior parada. Es la parada de los solitarios. Allí se bajan los tuyos.¿Porqué no lo has hecho hoy?- De repente un sudor frío me recorrió todo el cuerpo. Por un instante los papeles se habían invertido. Mi propia atracción hacia ella se había transformado en miedo a ser descubierto. Parecía que podía leer mis pensamientos. Así que decidí no pensar nada por un momento. Miré al fondo del vagón que me pareció interminable. Allí estaba el resto de la gente, a lo suyo, como si nuestros cuerpos no existiesen, como si fuesen de cristal, un cristal que nos aislaba en un viaje infinito por los mundos subterráneos de la ciudad.

–No temas- me dijo mientras el resplandor de sus labios rosados que pintaban su sonrisa, iluminó todo el vagón. Milésimas de segundo duró el resplandor para darme cuenta de que mi pantalón y mi camisa se estrechaban cada vez más al cuerpo. Estaba completamente a expensas de tan misteriosa criatura. No acababa de recuperarme de la visión, cuando la puerta del compartimiento volvió a crujir para anunciar que la estación 26 ya estaba aquí. Esta vez, nadie bajó del vagón pero sin embargo un anciano encorvado subió encaminando sus pasos hacia nosotros. Era más bajo que yo y eso que mi estatura era media, por lo que lo podía considerarle bajito. Sus ropas estaban castigadas por el frío de los portales desiertos del invierno. Y los pelos de su barba sucia se peleaban con los escasos dientes que le quedaban. Entonces, sin mediar palabra, extendió la palma de su mano, sucia y arrugada por los años, los problemas y el duro trabajo de buscarse la vida diariamente. Sus párpados despertaron y sus ojos me hablaron. Miré a la chica del libro rojo, ella también me habló con sus ojos. Entre el cruce de iris y pupilas , saqué de mi bolsillo, el poco cambio que me quedaba para el habitual café de la estación 25 y se lo di al anciano. Poco importaba ya después de haberla pasado hacía unos minutos. El viejo llevaba una carpeta completamente nueva con dibujos de Peter Pan. Parecía un niño recién salido de la escuela. Me llamó la atención porque ante tanta miseria, la carpeta resplandecía los ojos y la cara del anciano al que en ese instante amé como si se tratase de mi padre. Llevándose las monedas al bolsillo, abrió la colorida carpeta y me regaló un dibujo. Sus líneas dejaban un rastro de noches frías ante un lápiz, pero ardientes trazos que mostraban la silueta de dos cuerpos mezclados entre arena y agua. Luego, sólo oí una palabra con voz ronca que salió de su dolida garganta. – Ella es tu destino – No acababa de decirlo cuando noté que el tren paraba en seco. Habíamos llegado a la última estación. Con una pasmosa velocidad, el viejo había abandonado el vagón al igual que el resto de los viajeros. Mi cabeza giró buscando la sonrisa tierna de la chica del libro rojo. ¡No estaba! Alcé la vista y observé como por el último escalón de la salida de servicio, los encajes de su vestido se perdían bajo el humo que escupía la gran ciudad en el exterior. Su libro reposaba junto a mí. ¿Lo había olvidado? o ¿Lo había dejado a propósito? Un suspiro de alegría esperanzadora recorrió mis venas y con la curiosidad que me apoderaba tras tan extraño viaje, Abrí el libro y leí la primera página.

Caminábamos por una playa de la costa este, alejados del mundanal ruido de la ciudad sin nada en lo que pensar, solos, ella y yo. Comprendí que era la única persona en el mundo que me podía comprender, era la cura a todos mis miedos, sus ojos hablaban el lenguaje de mis pensamientos y cada pestañeo me incitaba a decirle que quería estar con ella toda la vida pero había algo que me impedía hacerlo. No tenía nada que perder, era soltero, no tenía compromiso alguno, mi vida había sido muy solitaria hasta el momento, pero alguna fuerza del subconsciente susurraba que me dejase llevar. De pronto, en un arrebato, sus manos me llevaron hasta el agua, allí nadamos desnudos durante todo el día, sin ningún miedo, sin ningún pudor como dos almas perdidas que se divierten buscándose a sí mismas.



Mi estado de paz se convirtió en un estremecimiento eterno. Salí del vagón. La estación estaba desierta, corrí hasta la calle con la esperanza de encontrarla pero nada volvió a ser como antes. Ojeé por última vez el libro, allí estaba, más rojo que nunca, rojo como la pasión de las palabras de aquella primera página. La volví a leer y pasé la hoja. El resto del libro estaba completamente en blanco, cientos de páginas en blanco aún por escribir, cientos de páginas aún por ser vividas. Quizás… en la próxima estación.