martes, 24 de enero de 2012

INFILTRADO EN AAIÚN: PARTE II (Comienza el viaje)

COMIENZA EL VIAJE
Desde el aeropuerto de Gran Canaria tomamos el avión hacia la ciudad de Dajla, Antigüa ciudad de Villa Cisneros cuando era provincia española. Volamos en un aparato muy pequeño con apenas pasaje para veinte personas. Una fila de asientos a ambos lados de la cabina y un estrecho pasillo en el que hay que agacharse para caminar, conformarán nuestro hábitat natural durante la próxima hora y diez minutos que durará el viaje. Desde mi asiento observo como los pilotos maniobran los instrumentos de navegación. De nosotros, sólo les separa una tabla de madera que sirve como separador con la cabina de pasajeros. Delante de mí, una mujer marroquí vestida tradicionalmente, agarra fuertemente en su mano una especie de collar de cuentas. Reza una y otra vez versos del Corán por su familia y por todos los pasajeros del avión me dice. Luego muy amablemente me ofrece un chicle de menta fuerte. Tras una hora de vuelo desde el continente africano, una gran mancha amarilla se extiende delante de nosotros, son las arenas del desierto del Sáhara. La lenguada península se extiende bajo nosotros y vemos las pequeñas luces naranjas de la ciudad de Dajla. Desde arriba se asemejan a luciérnagas estáticas que alumbran hacia el cielo mientras el sol se oculta. Pequeñas casas muy pobres, conforman el puzzle de una ciudad que vive prácticamente de la pesca y del poco turismo foráneo que la visita de paso.

 Finalmente tomamos tierra. La bandera marroquí ondea en la pista de aterrizaje. Todos nos preguntamos qué pasará ahora ¿Pasaremos el control de pasaportes? ¿Nos requisarán el material que llevamos? ¿Nos devolverán a Canarias? Es el momento de saberlo, así que con tranquilidad nos dirigimos con el resto del pasaje al primer control de llegada al aeropuerto. El lugar es pauperrimo. Una pequeña cristalera nos separa de la cabina de los agentes. Una papel arrugado pegado al cristal del control, indica el paso para los ciudadanos marroquíes. Algunos militares se han quedado fuera fumando un cigarrillo y nos miran de vez en cuando con mala cara. Junto a un matrimonio alemán y un asiático, somos los únicos extranjeros, así que me aterra pensar que podamos despertar ciertas sospechas. Aguantamos la respiración y avanzamos en la cola. Una lámpara fluorescente en el techo no deja de encenderse y apagarse intermitentemente. Es como si sobre nosotros estuvieran cayendo un fuerte bombardeo. La situación es incómoda. Hay varios gendarmes controlando los equipajes. Nos hacen rellenar un papel con nuestros datos y profesiones. En ese momento, susurrando, acordamos decir que Manuel será profesor de lengua y nosotros sus alumnos estudiantes. Cada uno pasa el primer control de pasaporte individualmnte y poco a poco después el de revisión de equipaje con más facilidades de las que esperábamos. La tensión se rebaja. Yo soy el último en pasar. Fuera del aeropuerto nos espera un amigo de Manuel.....me estrecha la mano y nos da la bienvenida, parece de fiar. Nos presta su coche a cambio de dinero. Nos lleva hasta su casa muy cerca de la última iglesia que sobrevive de la herencia española del colonialismo. Allí nos abandona para que podamos ir a buscar un hotel.


La ciudad parece tranquilia. Poca policia y mucha calma. Incluso parece animada con gente comiendo y paseando por sus largas y anchas avenidas. Unos jóvenes nos saludan "salam maleikon" les respondemos "maleikon salam". Encontramos un hotel y decidimos quedarmos a dormir allí esa noche. Aprovechamos para comprobar todos los equipos y prepararnos para atravesar el desierto al día siguiente. En la habitación, Ángel y Nuria efectuan la pruebas de envío a Madrid con un ordenador portatil conectado una antena de satélite para comprobar su funcionamiento. Después de un rato, el envío sale bien. Todo correcto, ya estamos listos para dormir y emprender nuestro viaje por el desierto.


LA TRAVESÍA DEL DESIERTO  Y LOS PRIMEROS CONTROLES

A primera hora de la mañana cambiamos unos cuantos cientos de euros en Dirhans, la moneda oficial en Marruecos. Repostamos, llenamos el tanque de gasolina y emprendemos la marcha.

Primer problema a la salida de Dajla: el primer control de policía. Un gendarme armado con fúsil de corto alcance nos para y nos pide los pasaportes. Desde la cabina de seguridad nos miran otros militares. Antes de consultar los documentos nos pregunta a qué nos dedicamos. Optamos por decir lo mismo que declaramos en el aeropuerto. Después de un instante mirándonos como si quisiera leernos la mente, nos devuelve los documentos y seguimos adelante. En las afueras de Dajla aún permanecen algunos viejos cuarteles del ejército español con forma de castillo que ahora utilizan las fuerzas marroquíes. Pasamos por delante de ellos sin despertar ninguna sospecha. Mientras, escuchamos por la radio las últimas noticias que llegan desde el Aaiún que siguen hablando de una ciudad sitiada.



Rodamos por la carretera N-1 a través del desierto del Sáhara que conduce directamente a El Aaiún. A la izquierda la costa, a la derecha el inmeso desierto y el continente africano. La cuneta de la carretera es un cementerio continúo de neumáticos reventados por el calor o los pinchazos. Las ruedas se suceden a un lado y otro lado de la carretera durante todo el recorrido, abandonadas a su suerte, como si su rastro indicara el camino hacia el sur de África a las caravanas de camiones. Nada por delante, solo asfalto y arena caliente.

Durante dos horas apenas nos cruzamos con una decena de coches, camiones de mercancías o algún motorista aventurero cargado hasta la cejas con comida, casetas de campaña y lo necesario para sobrevivir en este ambiente, rumbo al sur. En un lugar con pocas fuentes de información, aprovechamos para conocer de primera mano cómo ha amanecido en la ciudad de Aaiún para contarlo en las noticias de las 15.00 horas. Manuel consigue hablar con dos contactos que viven allí por vía telefónica. Uno de ellos nos puede aportar poco. Teme por su vida, nos cuenta, está escondido en casa, han quemado su coche y nos pide que no le llamemos más. Piensa que su teléfono está pinchado. Lo más curioso es que pese a ser saharaui, trabaja como funcionario para el gobierno marroquí. El otro contacto nos habla de la alta vigilancia militar a la cual está sometida la ciudad. De momento nada que nos confirme el número de víctimas en las revueltas que es lo que buscamos. Paramos en mitad del desierto para grabar una entradilla para el informativo contando lo que sabemos y seguimos adelante. Varios kilómetros más adelante volvemos a parar para recibir instrucciones desde Madrid. De pronto dos personas paran su furgoneta delante de nosotros . Son dos funcionarios encargados de limpiar de arena las señales de tráfico del desierto. Intentamos disimular que nos hemos detenido para hacer nuestras necesidades. Uno de ellos se dirige a nostros y nos invita a comer algo pero le damos las gracias amablemente y emprendemos el viaje rápidamente para no despertar sospechas. Unos 50 kilómetros más adelante, nos encontramos con un apartadero donde permanecen estacionados varios camiones con soldados. Pasamos rápidamente por delante de ellos. Necesitamos grabar otra entradilla para el informativo y el tiempo se nos echa encima.

Apenas dos kilómetros más adelante tenemos que parar. Andamos escasos de tiempo. Vemos una pequeña colina dentro del desierto que nos puede servir para ocultarnos. Nos salimos de la carretera y nos adentramos por el sinuoso terreno del desierto sorteando sus vaivenes hasta que podemos ocultarnos tras la colina a unos doscientos metros de la carretera. Allí oculto, grabo una nueva entradilla para el informativo. Rápidamente Manuel y yo, dejamos a Ángel y Nuria para que envíen el material y volvemos a la cuneta con el coche por donde hemos venido para no despertar sospechas. Algunos vehículos militares podrían vernos desde allí y es peligroso. Ángel y Nuria escondidos tras la colina, desplegan la antena satélite para realizar el envío. Este tipo de antena posee una brújula incorporada ya que es necesaria orientarla para poder obtener la señal necesaria para el envío. Necesitamos al menos una media hora para preparar y completarlo. Al final lo conseguimos. Los informativos nacionales abren con nuestro información.


Cuando eso ocurre nosotros llegamos a un pequeño bar de carretera, el primero que vemos en unos 200 kilómetros. En la entrada algunos viajeros comen los últimos restos de "tallín de pollo". Manuel se encarga de decirle al encargado que somos profesores y alumnos. Pedimos un tallín de pollo. Una comida típica de la zona compuesta por carne de gallina y verduras. Mientras saboreamos el guiso, eso sí, con la incómoda visita de las moscas del desierto que revolotean por todo el lugar, un empleado entra en el bar con varias gallinas que sujeta por el pescuezo. Los animales cacarean sin cesar. Los lleva a una habitación contigua. De pronto oigo el sonido hueco y sordo de un cuchillo golpear en la madera varias veces. Las gallinas dejan de cacarear y a mí se me quitan las ganas de comer.

Continuamos nuestro recorrido. Nos queda apenas 100 kilómetros para llegar a la ciudad de Boujadour. Durante la travesía observamos los pequeños asentamientos de colonos marroquíes que poco a poco van comiendose el territorio. Algunos con casetas de campaña, otros con pequeñas construcciones, con su mezquita incluída. Todos ellos enarbolados con la bandera roja y la estrella verde de Marruecos.

LLEGADA A BOUJADOUR

Sobre media tarde llegamos a la entrada. Nos encontramos otro control. Este más severo. Manuel, sin percartarse no hace el stop·obligatorio  y un gendarme nos detiene. No tiene cara de buenos amigos. Delante de nosotros se extiende una cadena con pinchos de acero para detener cualquier intento evasivo. Ángel aprovecha para encender la mini cámara. El gendarme nos pide los pasaportes, nos vuelve a preguntar a qué nos dedicamos, volvemos a repetir que somos estudiantes. El gendarme no se fía, se lleva nuestros pasaportes, aprovechamos y pasamos la cámara a Nuria que desde el sillón trasero del coche logra con cierta dificultad y a escondidas grabar algunos planos. El agente vuelve al coche, nos dice que necesitan hacer una fotocopia de nuestros documentos. Pensamos que puede que nos hayan reconocido porque tardan más de 15 minutos en volver con los pasaportes. Son momentos de tensión. Desde el coche se puede ver como detienen a otro camión y de la oficina sale algún militar armado con subfusil de corto alcance. Al final nos dejan pasar y tenemos  el  material grabado del control. Nos congratulamos por ello.

Entramos en la ciudad. En la avenida principal circulan bastantes coches de policia. Hay mucho movimiento en los comercios y mercadillos de la zona en unas calles muy transitadas. Esto me hace sentir cierta inseguridad. Llegamos a un descampado y nos arriesgamos a grabar allí una entradilla para el informativo de la noche. Lo hacemos con cierto disimulo, como si fueramos turistas que grabamos un video del lugar, hay que ser precabidos, hay muchos ojos que nos pueden observar.

 Luego localizamos un pequeño hotel. Varios niños que juegan sucios en la calle se acercan a nosotros para pedirnos dinero. Nuria lleva en su bolso una gran reserva de golosinas y de chupa chups. Algo que siempre ha utilizado en otros lugares como Irak. Los reparte entre los niños que desaparecen con una sonrisa de lado a lado. Debemos montar rápido la noticia para la noche. La habitación de Ángel se convierte en el centro de operaciones. La cama se llena de cables y yo redacto la noticia en mi libreta Moleskine ( Por un instante me siento como Ernest Hemingway, nada más alejado de la realidad).

Después de locutar el video, rompo en trocitos lo que he escrito y lo tiro a la papelera para no dejar ninguna pista del trabajo. Mientras, Ángel edita a duras penas el video para el informativo. Nuria busca en la azotea un buen lugar para captar señal con la antena. Manuel y yo nos percatamos de que nadie intente subir por si acaso. Depués de un rato Ángel termina el video y sube junto a Nuria para hacer el segundo envío del día. Comienza a oirse el sonido amplificado del rezo de las mezquitas en toda la ciudad. Bajo su eco, nuestros dos compañeros realizan el envío escondidos en la azotea. La noche ha caído sobre Boujador pero finalmente podemos hacer llegar nuestra crónica e irnos a dormir. Mañana será un día duro. Nos quedan cerca de 200 kilómetros e  intentaremos entrar en Aaiún. Pero  aún no somos conscientes de lo que vamos a pasar en el control de salida de la ciudad a la mañana siguiente.