
Las reglas atan, las leyes corrompen, la obediencia somete.
De poco para acá me ha dado otra vez por emparanoyarme con la poesía que leo, escribo y oigo. Creí haber enterrado ese conflicto interno, pero noto que aún sigue palpable, aunque en menor escala, eso sí. Mirándolo desde el punto de vista más confortable como es el de la experiencia.
Hubo un tiempo en el que escondía lo que escribía. Se trataba simplemente de falta de autoestima estilística como lo denominaba yo. Más tarde me liberé y pude mostrarme. Me despeloté y a partir de ahí... todo ha sido desgarrado.
Estoy hasta el endecasílabo silábico de que las soberbias bibliográficas atenten contra el sino eterno de la poesía. Encorsetándote abogas por la involución de la poesía. No quiero decir con esto que enterremos a Quevedo, Góngora. Alberti, Machado y las Generaciones de las generaciones. Alexandre, siempre fue de mis preferidos.
Me río cuando a muchos poetas los califican de “malditos” Qué quieren decir con malditos: Que eran censurados ¿ Porqué lo eran Bukowski o Mallarmé o Rimbaud Malditos, como los calificaron en su día?
Pues muy bien, porque rompían con la norma, iban contra el sistema, hacían suya la poesía, y escupían ferozmente una poesía pura, sin ataduras y visceral. Eso es ser maldito. Un adjetivo negativo que hoy en día se sigue utilizando para clasificarlos como lo poco común. La poesía no es hablar de mariposas azules, no es hacer uso de palabras bonitas, o dominar la métrica esclavizadora. Es dominar la palabra y tejerla creando imágenes nuevas, sensaciones abstractas. En mi caso concreto, me gusta maniobrar el lenguaje cotidiano, el de la calle, el que todos utilizamos a diario, el más puro, el más cercano, el más directo. Quizás necesite ayuda, porque tengo el escribir como una terapia. Cuatro años de filología hispánica y una licenciatura después, han engendrado esta neurosis : Gritar rebeldía y revolución por la poesía que llevo tatuada en la piel.