viernes, 8 de enero de 2010

TRAGAPERRAS

Se cruzó en el camino de mi vista. No tuve la culpa de toparme con él. Podía pasar inadvertido pero para mí no fue así. El bar estaba semivacío. Media Tarde. Una camarera desestresada tardaba en venir a atenderme. Él sujeto vestía unas pantalones chinos de color beige, camisa de botones blanca con rayas final azules que se ensanchaban por una ligera panza de alegría. No dejaba de mirar atentamente a la máquina, ni pestañeaba. Con una mano golpeaba constantemente el botón de start. Las tres ruletas de la tragaperras giraban, y giraban, se paraban y volvía a pulsar el botón, así sucesivamente una, dos, tres, hasta quince veces seguidas. Con la otra mano manoseaba circularmente un buen montón de monedas de un euro que se deslizaban al ritmo que imperaba sus yemas de un lado a otro. Los cifras de la máquina subían y bajaban en euros, las luces se encendían. Su ojos se clavaban, no temblaba aunque su pierna seguía un ligero tintineo al son de las monedas entrantes. Su dedo seguí pulsando feroz. Se acababan las partidas y las monedas de un euro que esperaban en la mano, entraban a un ritmo atroz en la máquina, una , dos tres, cuatro, cinco, seis. El crédito aumentaba, las posibilidades también, pero nada caía. Creo que ni siquiera era consciente de lo que podía pasar a su alrededor. Su cuerpo estaba rígido, silencioso. Las pupilas sin pestañear, sin mirar a otro lado. Sus manos se movían mecánicamente como si formaran parte de la propia máquina que le devoraba los ojos. Cuando las luces se apagaron, sin rechistar se acercó a la barra, la camarera le cambió un billete de veinte en monedas de un euro. Las apiló junto a él, y volvió a introducirlas en la máquina. Esperaba cogerle el truco a la maquinita. Sonó un swing mecánico de los años 40 de las entrañas del aparato y el premio subió a los 20 euros. Siguió golpeando el botón, pero nada salía. Tranquilo, pausado y sin rechistar, se acercó a la barra, se tomó la cerveza que le esperaba desde hacia rato inerte y con las mismas se marchó. Lo miré por última vez a través del cristal de la ventana metiéndose la mano en los bolsillos, como si le faltara o buscase algo. Me giré y encontré a la camarera delante de mí. Habló
¿Buenas tarde qué va a tomar?
- lo mismo que ese señor que ha salido por favor.- Le contesté al tiempo que la máquina tragaperras se encedía y como si estuviese poseída, escupía aquel swing enlatado de los años 40.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

DE REPENTE LA MÚSICA

La pura luz que pasa
por la calle desierta.
Nada humano
bajo el cielo abolido.
La blancura absoluta
de la ciudad confunde
la muerte y el sigilo.

De repente la música,
la sombra
de los amantes en el agua.

Jorge Gaitán Durán

Djuna dijo...

pienso en un Bukowski moderno, adicto a esas maquinas que contienen el mundo en una y otra moneda mas.

Iván López dijo...

Gracias por tus poemas Anónimo, enriquecen el blog de gran manera

;-)

Nayra dijo...

No supe lo que hacía un momento y vine.
Pero alza tus ojos que yo vea si queda aún alguna sombra
de los días pasados, una pálida nube, ya sin lluvia, en el horizonte.
Sopórtame un momento¡ aunque yo no sepa lo que hago.