lunes, 8 de febrero de 2010

CÓDIGOS, CLAVES, CONTRASEÑAS

Se levantó sobresaltado, miró el reloj de su móvil pero se había agotado la batería durante la noche. Intentó encenderlo y respiró un instante cuando el aparato le pidió su código PIN. Lo intentó tres veces pero no recordaba el dichoso número. Además no pudo acceder a su código PUNK por que había perdido la cartera donde lo guardaba la última noche . Así que llamó a la compañía. Un contestador le indicó que introdujera los dígitos de su número de móvil, pero ¡Maldición! Tampoco los recordaba así que apretó el botón del número uno y una operadora le pidió con amabilidad el número de su carné. Como el DNI también había sucumbido ante la pérdida y su olvido matutino, solo pudo recordar los cuatro primeros números pero no fue suficiente. Despechado, se conectó a Internet para acceder a su correo electrónico donde para causas de urgencia guardaba sus datos ¡Cáscaras! En otro arrebato de Alzheimer primerizo, tampoco recordaba la contraseña de su ordenador así que se vistió con lo primero que pilló a mano y se fue al primer Cibercafé que encontró. Una vez pudo acceder a la página principal de su correo electrónico se atusó los labios con su lengua, por fin lo había conseguido. Pero no recordaba su contraseña de correo. Creó una nueva contraseña y accedió finalmente el resto de códigos de sus documentos, y teléfono móvil. Con tanta prisa no cayó en la cuenta de que no tenía ni un céntimo en la cartera así que le pidió el favor al gerente del ciber para ir al cajero y sacar dinero. El cajero se unió a la juerga senil cuando le solicitó la clave de acceso a su cuenta. Lástima , 45667 no 46675, no creo que era 54677, con tanto baile de cifras el cajero se enfadó y se tragó la tarjeta. Un golpe de rabia de su puño sacudió la pantalla del cajero, por donde se deslizó hasta caer bañado en lágrimas al suelo. Dos sombras se acercaron a él. Era la mañana del 9 de febrero y los Borttolati no habían faltado a su cita. Lo levantaron de una sacudida por los brazos y le exigieron el dinero que les debía. Como no lo tenía encima ni podía acceder a él, le rompieron ambos brazos como aviso de cara a la próxima vez. El problema se acrecentó cuando pidió asistencia en la seguridad social y no recordaba su número de beneficiario. La resaca aún le machacaba la cabeza. La noche anterior había celebrado su cumpleaños con excesos y ellos se la había cobrado a base de bien. Ante su etílico estado no supo acertar el dígito de su edad a rellenar en el impreso que le pedían para solicitar una nueva tarjeta sanitaria. ¿Oiga señorita, puedo poner treinta y tantos? ¿Es que soy un poco coqueto sabe?
La funcionaria no supo qué decir ante aquella cara con el ojo morado y con los brazos desarmados. Simplemente se limitó a preguntarle por su código de paciente. Agotado, allí mismo, suplicó que lo extraditaran.

2 comentarios:

malaika dijo...

Es curioso que haya personas que no recuerdan que han comido ayer y en cambio se acuerdan de cosas que ocurrieron hace 40 años.
La memoria es nuestra capacidad de recordar una información determinada.
Se nos pasan las fechas de cumpleaños,aniversarios etc como no se nos van a olvidar los codigos,claves y contraseñas.
Y pobre de aquel que utilice siempre la misma por su escasa memoria por que ocn un poco mas de mala suerte se queda sin nada.
XD

Luis dijo...

Seguro que todos nos sentimos identificados con lo que has escrito. Te inscribes en una web poniendo contraseñas que dentro de unos meses ni vas a recordar.En cada momento de nuestra vida se necesita una clave de acceso: el banco, la tarjeta de crédito, la web de tus aficiones...
Somos mendigos y esclavos de las contraseñas.