lunes, 22 de junio de 2009

LA PIANISTA BAJO LA TORMENTA DE VERANO

Gabriel ya no era lo que era. Ella era periodista, sus cuatro últimos años habían sido tan secos como el clima de crispación laboral en el que había vivido. La despidieron del periódico después de cuatro años de servicial trabajo. Dejándose el culo por la empresa, rellenando el espacio que la sociedad demandaba por 800 míseros euros al mes y 60 horas de trabajo a la semana.

Ya no salía, ya no se relacionaba. Digamos que había perdido la ilusión por todo, pero quizás esta afirmación sea muy tópica. Expongamos que lo que el amor le había dado, ahora se lo había quitado. Así que tomó una decisión que meditó durante dos meses convulsos, entre manifestaciones, encierros, y crónicas dejadas de la mano de un Dios menor.

Unos meses que definitivamente le iban a cambiar la vida.
Desde ese instante, Gabriel ya no formó parte de su vida. Lo convirtió en una crónica más de sus andanzas con las que en un futuro escribiría su novela de caras indomables de la vida.

Aquel fue un verano en el que no tenía nada que perder. Antes de marcharse se despachó en la cama a todos aquellos casos de seres masculinos engreídos que se le había insinuado en las ruedas de prensa y recepciones oficiales. Se vengó de ellos, haciéndoles sufrir de celos. Era una forma de liberación que nadie entendería. La llamaron putón verbenero, y todas las calificaciones posibles, dignas de esos falsos periodistas que ni si quiera saben contrastar en su propia vida personal. Así que no le importó el qué diran. Llegó a la conclusión de que incluso le convenía para futuras relaciones laborales o no.

Fue un verano de aquellos que ya no olvidaría durante el resto de su vida. Se lanzó con una mochila a recorrer los caminos inescrutables que Dios nunca había socorrido en sus andanzas palestinas. Sin embargo su ruta había comenzado en Francia en la ciudad de Montpellier donde había disfrutado en la noche del cine de verano. La noche antes de su salida hacia Italia, como si de una premonición se tratase, proyectaban “El ladrón de bicicletas” en un cine al aire libre. Por aquel entonces, Montpellier olía al húmedo calor de los pocos universitarios que no habían retornado a casa tras la finalización del curso.
Su tren salió a la mañana siguiente así que como no tenía donde dormir, se fue al cauce del río. Allí compró dos botellines de refresco de limonada francesa en una pequeña tienda de argelinos y pasó el resto de la noche cabeceando sobre su mochila. Los mosquitos le doraron la pana y apenas la dejaron dormir. Era el precio por pasar la noche bajo la luz de una luna llena que iluminaba sus ganas de adentrarse hasta los desconocido. No conoció a nadie en su estadía en Montpellier. Algo que no ocurriría en el resto de su viaje.

El tren hacia Roma salió al día siguiente de noche. Era como los de antaño, de madera, sin apenas espacio para recostar sus largas piernas. Y con un cuadro de paisajes de cacería en el centro de la estancia. Intentó dormir cabeceando junto a la ventana. La luz intermitente de las estaciones le despertaba en cada parada. A lo lejos escuchaba el acento a italiano, así que supo que había cruzado la frontera italiana. Después de Cannes la noche fue terrible. Un grupo de italianos se avecinó en el vagón continuo. Su fiesta duró horas, chillaban y bebían sin que ningún revisor se les acercara. Pero le gustaba aquel tren de mala muerte. Aquel trasto mecánico que era como los de antaño.

Amanecer, Estación de Termini, Roma.

Roma, era una caldera. La ciudad se había quedado desierta. Solo los turistas le daban vida pese al intenso calor que les agobiaba. Trevi, La Columna de Trajano y el Monumento a la Patria eran los puntos de reunión donde los japos, con sus cámaras digitales fotografiaban sus fetiches latinos.

Sin embargo las vespas seguían saliendo de sus colmenas. Visitó los lugares donde Audrey Hepburn y Gregory Peck pasaron sus efímeras vacaciones y se encaminó al barrio obrero donde un vendedor ambulante de fotografías antiguas le había recomendado ir, si buscaba un techo barato donde dormir.

Allí conoció a Úrsula, una Siciliana que le perjuraba una y otra vez que había sido amiga íntima de Dolores Ibárruri (La Pasonaria).

Fue peculiar como se topó con esta roja siciliana. La conoció en un semáforo del Trastevere. Ella iba en su coche y la dejó pasar. Luego la invitó a un restaurante vegetariano de su propiedad. Allí mientras le servía la especialidad de la casa, le contaba como había participado en la colocación de la piedra del moderno comunismo italiano. Se congratulaba de seguir en lucha en un país, que ahora estaba gobernado por la herencia falangista de Mussolini.

Úrsula no le preguntó ni el nombre. Con el mismo entusiasmo que la conoció se despidió de ella.

De nuevo en la calle. Comenzó a llover a cántaros. Una tormenta bañó todos los monumentos. Era gracioso ver a los turistas con sus pantalones cortos y las alpargatas, correr sin paraguas entre las ruinas del foro y del teatro romano. Pudo refugiarse en una pequeña iglesia cerca del Castelo de San Ángelo.

En el altar descansaba un piano. No había nadie más en la estancia. Los bancos de madera crujían los ecos del silencio. Afuera, la lluvia seguía vengándose de los turistas.
De la sacristía apareció una chica joven con un vestido rojo de seda. Lentamente se sentó junto al piano y comenzó a interpretar las nota de Un americano en París de Gershwin. Ella ni se preguntó a qué venía todo aquello y se limitó a escuchar el acopio de notas musicales y gotas de lluvia que conformaban aquel instante eterno. La pianista despachó la pieza de una tacada. Sin apenas errores. Como mismo vino, se fue: en silencio, como si fuera el muñeco de un reloj mecánico de cuco.

Paró de llover. Ella salió a la calle. A las puertas de la iglesia un centenar de personas hacían cola ataviados con trajes de noche y de gala. Ella salió con su mochila sus alpargatas mojadas y una sonrisa de sol. La gente la miraba con hipócritas sonrisas snobistas. Todos pagaban su ticket para el concierto que estaba programado esa noche en la iglesia. Ella tuvo suerte. Le bastó un instante para saber que cada verano volvería a recordar aquella, iglesia, aquella ciudad, y las notas de aquella pieza gratuíta que la acompañarían en el resto de veranos de su vida.

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