lunes, 20 de octubre de 2008

LAS BATERIAS ALEMANAS Y EL POINT DU HOC: EL ATAQUE DE LOS RANGERS




Después de media hora de trayecto llego a las baterías de defensa alemanas que aún perduran durmientes frente a un campo de trigo. Los cañones aún se mantienen inertes. Los bunkers que los protegen casi se conservan por completo. El día está soleado. Me introduzco en cada una de estas baterias en total unas cinco alineadas con una separación de 100 metros cada una.

Sigo mi camino acercándome al acantilado. Y veo el gran bunker de mando. Una mole de cemento con dos pisos de altura . Desde este puesto de observación se calculaba la posición del enemigo y se enviaban los datos a las baterías para ajustar el disparo. El bunker está perfectamente protegido dentro de una gran zanja desde donde se puede divisar el espectacular trazado de la costa escarpada.
A la vuelta me detengo en una de las baterias alemanas para sacar una foto a traves de mi móvil. Tengo mala suerte y me arrimo demasiado al alambre de espinos que delimitan los cañones y el campo sin darme cuenta de su proximidad. Una herida de unos 10 cm se dibuja en forma de 7 en mi pierna mientras mi movil cae a la blanda hierba sacando una instantánea imposible. La sangre firma mi herida de guerra en Normandía.


En las fotos superiores:alambradas y vista parcial del Point Du hoc. Entradas a dos bunker. En la foto de la derecha. Gran Bunker del puesto mando y vigilancia.

Esta fue la fotografía que sacó mi móvil mientras caía al suelo tras golpearme con el alambre de espinos. En ella se aprecia el mástil que sujeta los alambres con los que me corté.







Una vez limpia mi herida. El calor hace que me escueza hasta que llego al Point Du Hoc. A unos 5 kilometros de Omaha Beach. Antes de entrar en el aparcamiento de la entrada me paro para comer una ración de combate.





Restos de uno de los búnker en 1945 y en la actualidad. Una niña a la que fotografié, observa el interior como si tuviera miedo a entrar.

Atún, un poco de pulpo en escabeche con algo de melocotón en almíbar enlatado.
La comida me sienta como un rey después de un largo día aunque son las cuatro de la tarde y ando por un camino de arena blanca. Me llaman la atención pequeñas zanjas excavadas en linea recta a mi alrededor cubiertas de césped al igual que un enorme agujero que se abre desde el suelo. Nada más cruzarlos y ver el point du hoc ante mi, me doy cuen
ta de que esas zanjas eran antiguas trincheras y que el agujero es el cráter de una bomba caída en el lugar.

Lo sé porque delante de mi se extiende un terreno completamente desnivelado. Zanjas que se cruzan paralelas entre si. Cráteres gigantescos producidos por los obuses y las granadas de mortero
por todos lados. Bunkers escarbados bajo tierra con impactos de bala o desgarrados por la metralla. Sin niguna duda, todos los signos de la batalla que se libró aquí no han desaparecido. Los rangers llegaron escalando por el acantilado. Los alemanes les esperaban escondidos en sus posiciones. Debió ser una carniceria. Los americanos pensaban que desde aquí los alemanes disparaban sus cañones a los barcos aliados pero se equivocaron.





Yo, en la entrada de uno de los bunker. En la otra foto. Cicatrices de la metralla y del combate con el amasijo de hierros que salen del hormigón armado.

Para salvar la amenaza que representaban aquellos cañones, los norteamericanos decidieron botar a la mar sus lanchas de desembarco a 18 kilómetros de la playa, sometiendo a sus hombres a una travesía agotadora de tres horas con marea gruesa.





En la foto se puede apreciar los continuos desniveles que causaron las bombas en el Point Du Hoc

Los «rangers» estadounidenses, que habían llevado a cabo los entrenamientos durante varias semanas en condiciones similares, eran los encargados de escalar el acantilado, con la cobertura de fuego artillero concentrado sobre los cañones. Cerca de 200 soldados, equipados con lanza-arpones, cuerdas y escalas, debían poner pie en tierra a la «hora H». Sin embargo su lancha se desvió de rumbo hacia el este por lo que se desviaron.


Los estadounidenses iniciaron la escalada bajo un intenso fuego de armas ligeras y las granadas que el enemigo lanzaba desde arriba. Para apoyarles, el destructor Satterlee batió las defensas germanas, permitiendo finalmente que el primer «ranger» alcanzara la cima a los cinco minutos del desembarco.Pero el éxito resultó amargo. Los cañones alemanes no estaban allí, pues habían sido trasladados a una tranquila huerta, situada a un kilómetro y medio hacia el interior, con el fin de protegerlos de nuevos bombardeos aéreos o navales. Horas más tarde, los «rangers» hallaban las piezas alemanas de Pointe-du-Hoc con la sorpresa de que nunca habían sido disparados.

Comencé a caminar por aquel terreno de gruyere de arriba a abajo por los cráteres que habían dejando las bombas. Traté de imaginarme a los nazis repeliendo a los Rangers que escalaban por el acantilado, esperándolos agazapados en los bunkers. Entre en varios de ellos, estaban totalmente oscuros, algunos tenían varias habitaciones otros solo una grande. Eran fríos y la humedad era elevada. Casi todos ellos estaban medio derruídos por la batalla. En el centro, abajo en la playa se erguía el gran roque de piedra separado por las eternas alambradas. Caminé por encima de aquellos escondrijos de hormigón solamente abiertos por nidos para morteros y pequeñas fisuras por donde entraba la luz del sol durante un rato más. A varios kilómetros me esperaban más sopresas en la otra playa de desembarco americano, Utah. Luego pasaría la noche cerca de otra playa: la del antiguo puerto artificial construído por los soldados ingleses de Arromanches.












Nido de mortero en uno de los bunker

2 comentarios:

pakitow dijo...

felicidades, hermoso blog con tu permiso lo incluire en mis favoritos para que los mios disfruten de el.

gracias por este testimonio de la brutalidad humana.

Iván López dijo...

Muchas gracias por interesarte por e lblog. Y encantado que lo puedan leer los tuyos.