miércoles, 26 de noviembre de 2008

UNA DISCUSIÓN PROBLEMÁTICA



Por F. Carrasquer
Para configurar mejor aquel cuadro, que lo vivíamos sin apenas tiempo para reflexionar, transcribiré una conversación bastante prolongada que sostuve con Pinillos -del Partido Comunista-, Francisco Galán, el capitán Sediles y un mecánico de Huesca que iba con ellos. Aquella discusión abrió ante mí el trasfondo de los hombres políticos sobre los que no me había detenido hasta entonces.
La cosa ocurrió así: el compañero Ramón Acín[2] -uno de los hombres más íntegros que he conocido- me escribió unas líneas pidiéndome que acompañara al capitán Sediles y a Galán, en junio del 31, ya que iban de propaganda electoral y los habían apedreado en algunos pueblos. Se excusaba, conociendo mis opiniones, de que no me gustaría mucho andar con ellos, advirtiéndome al mismo tiempo de que no diéramos lugar a que se dijera que los cenetistas éramos inciviles y abusábamos de nuestra fuerza.
Yo había oído que en Ontiñena y en algún que otro pueblo no habían dejado hablar a aquellos hombres porque invocaban la revolución siendo militares; pero ante los ruegos de Acín los recibí y los presenté en Albalate, Belver, Zaidín, etc., no sin poner de relieve que aunque yo no estuviera de acuerdo con político alguno, que se les escuchara respetuosamente y que luego cada cual sacara las conclusiones que le parecieran oportunas.
Lo importante, sin embargo, no fueron sus discursos en los que invocaban el gesto de Fermín Galán y se mostraban fervientes partidarios de una democracia popular y revolucionaria, sino las discusiones que sostuvimos en el coche yendo de un pueblo a otro. Pinillos, que era quien llevaba la voz cantante, comenzó preguntándome con cierta ironía:
«¿Qué es lo que realmente queréis los anarquistas? Porque yo nunca he comprendido ese afán de libertad absoluta en la que cada uno puede hacer lo que le plazca. ¿Tú crees que ello es posible?»
«Según los matemáticos y muchos filósofos -le contesté- sólo puede resolverse un problema si está bien planteado, y lo que tú acabas de hacer es embrollarlo de antemano con dos preguntas que ya das por medio contestadas. En primer lugar he de decirte que yo no me considero anarquista, sino sindicalista libertario. Y no es que reniegue del anarquismo como ideal de libertad y de dignidad humana, sino que prefiero el apelativo sindicalista porque tiene un significado que coincide con mis aspiraciones. En segundo término querría aclararte que eso de hacer cada uno cuanto le viene en gana, podrá aplicarse a seres sin educación o a quienes poseen una autoridad absoluta; porque para todo aquel que se diga libertario ni puede haber absolutos ni sentirse en libertad mientras los demás ciudadanos no sean libres asimismo. La libertad, por tanto, no estriba en hacer cada uno lo que quiera, sino en ponerse de acuerdo mancomunadamente para realizar aquello que convenga a todos; lo que exige responsabilidad para saber comportarse de manera respetuosa y solidaria».
«Bueno -replicó Pinillos balbuceante- aun confesando que no estuve muy acertado en mis interrogantes, ¿crees de veras que es posible vivir sin autoridad y sin una organización estricta?»
«Vuelves a enmarañar el tema -insistí-: porque si bien he afirmado que se puede vivir sin represión, nunca he dicho ni lo dijo ningún libertario, que la organización fuera innecesaria. Lo que ocurre es que tú, como todos los que imitáis esquemas históricos del Estado, os habéis hecho la idea de que los hombres precisan de látigos y pastores. Ignoráis que cuando aquellos se liberan del poder opresor saben organizarse y vivir en régimen de apoyo mutuo; porque no hay hombres inferiores, sino circunstancias que realzan a unos y disminuyen a los más. Si aceptáramos pues, que todos somos potencialmente iguales, sin negligir la singularidad de cada uno, llegaríamos a la conclusión irrefutable de que todos los hombres de la Tierra podrían participar en igualdad de condiciones para dar solución a cuantos problemas, de alguna manera, a todos nos afectan. Pero ello exige, naturalmente, igualdad de oportunidades para el desarrollo de esa potencialidad que nos hace idénticos y diferentes al mismo tiempo y que constituye, indudablemente, la mayor riqueza de nuestra especie. ¿Llegaremos a valorar algún día lo que el cultivo de ese patrimonio representa para dar satisfacción plena a las necesidades humanas? En igualdad de condiciones nadie aceptaría la imposición del otro, la identidad personal sería respetada y mediante el acuerdo de la mayoría libremente aceptado se daría respuesta a los graves problemas que nuestro mundo plantea, con mucho menos riesgo de equivocamos que si sólo unos pocos son quienes deciden; máxime cuando estos pocos miran a la mayoría con el desdén y menosprecio de quienes se consideran superiores y se adjudican ipso facto el derecho indiscutible de avasallar y dominar.»
Francisco Galán, que apenas había hablado, de pronto intervino diciendo: «No entiendo cómo puede afirmarse que todos somos iguales, que yo soy lo mismo que los números que tengo bajo mis órdenes y que es igual el inventor La Cierva, por ejemplo, que un campesino analfabeto».
Y antes de que pudiera contestar añadió Pinillos: «Ni somos naturalmente iguales ni sociedad alguna podrá existir jamás sin un Estado. ¿Quién ordenaría las concurrencias sociales, la economía y la cultura?, y ¿quién impediría que las gentes se mataran entre sí? Cierto que hemos de ir hacia una mayor justicia, a liquidar el capitalismo y al logro de una producción más abundante; pero todo eso ha de ser inteligentemente dirigido. En la misma naturaleza lo hallamos todo jerarquizado. ¿Es lo mismo el hígado que el cerebro y son iguales los dedos de la mano?»
El razonamiento de Galán estaba acorde con su pasado, puesto que había sido capitán de la Guardia Civil, y no me Produjo demasiada sorpresa. Dirigiéndome por tanto a Pinillos seguí diciendo: «Agradezco tus argumentos porque me permitirán demostrar mejor su fragilidad y cuanto la igualdad significa. Es cierto que en el cuerpo humano cada órgano tiene su función y que de la más perfecta sinergia entre ellos depende nuestra salud. El hígado no puede percibir estímulos inteligentes ni elaborar por tanto respuestas racionales; pero sin su labor ininterrumpida, la vida cesaría de inmediato y el cerebro desaparecería con el resto del organismo. Hay pues, una especialización y una articulación biológica, pero en modo alguno superioridad de unos órganos sobre otros. Cada uno de nosotros es una unidad completa en la que las diferentes partes se coordinan para su normal funcionamiento.
»En cuanto a los dedos de la mano, la imagen que ellos nos sugieren es bastante elocuente: cada dedo es diferente por su fuerza y su tamaño; pero todos tan bien articulados que gracias a ello podemos coger los objetos, fabricar artilugios y hasta tañer melódicamente una guitarra. Luego del mismo modo que hay diferenciación de órganos y funciones pero no superioridad ni inferioridad entre ellos, no la hay entre los diferentes individuos de una sociedad; pues el que es calificado de superior lo mismo que el supuesto inferior nacieron con un cerebro semejante, provisto de unos diez mil millones de neuronas, y todos hubieran podido alcanzar su plenitud intelectual si desde la cuna hubieran gozado de idénticas oportunidades para cultivar y desarrollar el inapreciable potencial genético que cada uno de ellos llevaba al nacer. En eso estriba precisamente la igualdad y la fecunda diversidad que lleva implícita. Porque si gracias a la conjunción de las diferentes aptitudes de una minoría se ha conseguido la creación de técnicas que permiten al hombre una vida más holgada, ¿qué grado de desarrollo podrían haber alcanzado las artes y las ciencias para ponerlas al servicio de todos los humanos de haber sabido aprovechar los talentos y capacidad cooperadora de cuantos fueron dejados en estado de barbecho?»
Galán se cerró más en su mutismo, el capitán Sediles parecía seguir la conversación atento y reflexivo y Pinillos tomó de nuevo la palabra para decirme: «No puedo negar que cuanto acabas de exponer me parece lógico; aunque para mí sigue siendo mucho más clara la idea de que hay órganos superiores a otros. Pero dejemos el campo de las suposiciones, y dime: ¿Puedes mostrarme alguna sociedad que se desenvuelva sin autoridad?»
«Sí, la historia está llena de ejemplos: los esenios de Israel, las comunidades del cristianismo primitivo, las comunas aldeanas de la Edad Media y algunas de las culturas iletradas de América, Africa y Oceanía. Y es de sobra conocido que siempre que un grupo se ha liberado de la opresión de los ejércitos y de los Estados, sus componentes se han organizado en comunidades igualitarias.»
«Tus ejemplos -me cortó Pinillos- están muy lejanos en el tiempo. Sería preciso que nos expusieras algunos casos más inmediatos y verificables. ¿No te parece?»
«Y además, que fueran verdaderos ejemplos de organización», añadió Galán.
«De acuerdo -asentí yo-. Aquí mismo, en Albalate, por la voluntad y la iniciativa casi unánime de la población hemos comprado el patrimonio del duque de Solferino. Y sin otra autoridad que la emanada de la Asamblea, hemos parcelado algo más de los dos tercios de dicho patrimonio repartiendo sus parcelas entre los campesinos que no tenían tierra o que poseían muy poca. Y hemos creado una cooperativa para explotar las 150 hectáreas restantes, a cuya partida van a trabajar los compañeros cuando el cuidado de su propia parcela les deja tiempo libre. Y he de decirte con gran satisfacción que no queda un pedazo de tierra sin laborar; que la administración la llevan gratuitamente compañeros del sindicato, y que no ha habido hasta aquí el menor conflicto ni queja.
»He de añadir que la organización para la compra y aprovechamiento de ese patrimonio cuyo origen feudal data de varios siglos, la componemos cerca de 300 familias; que hemos dedicado una parcela a la investigación para perfeccionar nuestra técnica agrícola; hemos adquirido asimismo máquinas modernas, convirtiendo en regadío zonas de secano; hemos organizado clases para la primera enseñanza, una biblioteca, un cuadro para el arte dramático y tenemos en perspectiva otras actividades para llenar el ocio de nuestros conciudadanos y elevar al mismo tiempo nuestro nivel cultural.
»Estamos realizando además la experiencia de una colectividad integral gracias a la buena disposición de mi padre -que nos ha hecho prestación de sus tierras- y a la voluntad decidida de 7 compañeros que nos hemos comprometido a cultivarla y a disponer de sus frutos mancomunadamente. En esta colectividad, en la que no hay autoridad ni rígidos reglamentos pues todo se decide en Asamblea a medida que la necesidad de resolver un problema se presenta, no hemos tenido que enfrentarnos hasta ahora con verdaderos conflictos ya que, en realidad, por la vía del diálogo conseguimos llegar a un acuerdo siempre.
»Cierto que nuestra colectividad es reducida; pero ya empezamos a dinamizar desde ella la tecnología agrícola en beneficio de todos los vecinos del municipio.
»Por de pronto hemos introducido en el pueblo el primer tractor e iniciado el cultivo del arroz y del algodón; tenemos además una granja de cunicultura peletera y nos hemos propuesto mejorar la fruticultura, para lo que esta zona reúne condiciones climáticas muy favorables.
»Aún puedo poneros otro ejemplo de iniciativa popular no menos relevante. Pedimos los jóvenes que una de las parcelas del patrimonio ducal se nos reservara para subvenir a las necesidades del grupo cultural, lo que acordó por unanimidad la Asamblea del sindicato de parcelarías. Dicha parcela la laboramos los jóvenes algunos domingos por la mañana y da gusto ver a 15 o 20 pares arar las 2 hectáreas de tierra en muy pocas horas. El producto de la cosecha lo dedicamos íntegro a la compra de libros y materiales para nuestra escuela nocturna. ¿No son estos ejemplos una prueba fehaciente de la capacidad organizadora y solidaria del pueblo?»
«A mí todo eso me huele a cosa mística», sentenció Galán, desdeñoso.
Pinillos añadió: «A mi juicio son actividades más bien pequeño burguesas y que tienen poco eco en el mundo. ¿Qué influencia pueden ejercer en la revolución universal estas experiencias aisladas?»
Elevando un poco el tono yo repliqué al instante: «¿De actitudes pequeño burguesas calificáis el querer prescindir de la explotación y de la imposición humillante? En cuanto a la mística, ella está precisamente en esa credulidad que vosotros proyectáis unilateral y dogmáticamente y que desde vuestro gabinete pretendéis universalizar, cuando el camino de la auténtica revolución, por el contrario, está en liberar a los hombres del burócrata dirígentista y enseñarles, por medio de la participación directa, a prescindir de líderes y de falsos pastores en la búsqueda de soluciones al sinnúmero de problemas que el vivir cotidiano les plantea.
»¿O acaso creéis que la revolución consiste en sustituir unos ejércitos por otros y el capitalismo burgués por el capitalismo de Estado, cuya actuación es más represiva y mancillante que la de aquel, según lo ha demostrado con crece;, la historia de los últimos decenios? Revolución sólo puede haber una: la libertaria; la que da a cada ser humano oportunidad para participar y hacerse hombre íntegramente, pues todo indica que mientras las normas sociales sean impuestas desde arriba, los pueblos permanecerán sometidos y la injusticia seguirá imperando; porque el que manda, no se conforma con la estúpida satisfacción que hincha su vanidad, sino que ambiciona también otros muchos privilegios y esto, creo yo, debería haceros reflexionar antes de aferraras a esquemas jerárquicos por los que unos individuos supuestamente superiores se llenan de orgullo y se transforman en tiranos».
Sediles se decidió por fin a hablar para decir: «No te enfades hombre. Tal vez tengas razón; aunque yo no acierto a comprender del todo tus argumentos. Tendría que meditados más».
Pinillos balbuceó algunas palabras y Galán estaba visiblemente disgustado; pero habíamos llegado de nuevo a Albalate y me despedí de ellos repitiendo: «Revolución sólo puede haber una: la que ponga a todos los hombres en igualdad de oportunidades para trabajar con alegría, repartir con equidad el fruto de su esfuerzo y gozar plenamente de su derecho inalienable al ocio y a la cultura».
El auto partió y yo me quedé insatisfecho y pensando en voz alta... «¿Por qué se llamarán revolucionarios esos demagogos egocéntricos que aspiran al poder? Sólo el pueblo que trabaja puede estar un día en condiciones de hacer la revolución que ha de liberarnos a todos aboliendo clases y privilegios. Pero ello será cuando el pueblo haya podido beneficiarse durante algún tiempo de una educación auténticamente libertaria».

2 comentarios:

Isabel de León dijo...

No tiene que ver, pero felicidades por el programa...para cuando tus cortos?jeje
bs.

Iván López dijo...

Hola chikilla, gracias....quedó bien. pos me da que no voy a poner los mios quizas last days bajo la dire dea ugusto oprke sale mi sobrenombre lowyy lopez. Tú que tal?